Así es Venezuela

*Jorge Valero

 

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Venezuela, país excepcional por las bondades de su gente. Riquezas prodigiosas que le ha prodigado la Madre Naturaleza. Joven Nación que en sus inicios albergara aborígenes de altiva y sedimentada cultura y que hace apenas 500 años iniciara contactos civilizatorios con seres humanos de otras latitudes y culturas. Mare Nostrum, ese Caribe de cristalinas aguas donde beben las Divinidades. El Almirante genovés Cristóbal Colón, por rutas  indescifrables, cuan inéditas, del Mediterráneo, surca inconmensurables mares tras la pista de las Indias. Aventura azarosa que lo aventaría a tierras deslumbrantes. Tierras a las cuales llamó, sin el menor reparo, por allá en 1498, Paraíso Terrenal. Hoy, la misma Tierra de Gracia: Venezuela. Magia y deslumbramiento que seduce a todo aquél que se confunde con su alma colectiva.

Alucinado con tanta belleza, Colón escribe a los Reyes Católicos de España anunciando haber encontrado:

                      Un territorio de dulcísimo temperancia, cada vez

más cerca del cielo, y que la tierra que sus ojos

ven es el proscenio del Paraíso, que se encuentra

a poca distancia, cerca de los verdes montes

que atisba, donde nacen, en cuatro manantiales,

 los ríos del Jardín Edénico.

El pulmón del planeta Tierra: la Amazonía. Una parte de Venezuela está, allí, reconciliada con la inmensidad cósmica. Comunión con otros países que disfrutan –venturosamente- su ala protectora; su exuberante flora y fauna. El río Orinoco, uno de los más caudalosos del mundo, transita por su amplia geografía. El mismo que Colón definiera como una de las maravillas del Universo, “porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan hondo…”

Venezuela. Más de dos mil kilómetros de costas marinas conforman sus hermosas playas de templadas aguas durante todo el año. Allí, como se imagina el poeta Khalil Gibran:

Susurran las olas

 cuando lamen la playa

 lenta y delicadamente.

Visitantes de distintas partes del mundo se dan cita durante el año, para disfrutar las maravillas que ofrece nuestro litoral, tanto a nivel de playas e infraestructuras turísticas que permiten un solaz esparcimiento, como para degustar los apetitosos manjares que ofrece el arte culinario de la zona costera venezolana, herencia de la riqueza pluricultural que produjo nuestro encuentro con otros mundos. Bellezas naturales como pocas, armonizan  bondades y abren sus puertas al visitante allende los mares.

Montañas peregrinas que llegan a los valles. Cumbres esplendorosas que dialogan con ariscos cóndores. Alturas inaccesibles por las que descienden manantiales; los mismo que forman ríos y más caudalosos. Son los Andes venezolanos. Manos prodigiosas de campesinos artesanos fabricando templos. Tejidos de lana cobijando misterios ancestrales. Religiones primordiales iluminando caminos. Chimó, díctamo real y otros exóticos productos de la Madre Tierra. Fabricantes de sueños, como el artista popular Salvador Valero. Encantos que se mudan. Así es el andino que espera, cual Quijote en Rocinante, nuevos amaneceres de aleadas expectativas.

Venezuela. Llanuras a campo traviesa. Garzas acrobáticas platicando con chigüires, sin permiso de los caimanes del Apure. Arpa, cuatro y maracas, trilogía celestial de sonoridades que invaden corazones. Andariegos caballos sin dueño. Taras, ranas y lombrices, más luciérnagas y grillos, se disputan, en cálida complicidad, el goteo de las aguas que confluyen en torrenciales aguaceros. Rebaños de ganado diseminados por espacios infinitos. Abuelas portadores de leyendas, en oscuras noches, convocando Lloronas y Silbones. Ellas también escuchan el Hachero. Contrapunteos de juglares, bajo lunas y estrellas resplandecientes que saludan el amanecer.

Así es mi país, Venezuela.

*Embajador de Venezuela ante la OEA