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Ponencia presentada por el Embajador Jorge Valero en el Encuentro Latinoamericano y Caribeño sobre el Dialogo de Civilizaciones.
Caracas, Venezuela, Noviembre de 2001.

 


Embajador 
Jorge Valero


I

 

Lo ocurrido recientemente en Estados Unidos, dada la naturaleza e implicaciones que ello tiene para las relaciones internacionales; para la vida de todos los seres que habitan el planeta tierra, no puede ser obviado.

 

Con motivo de los terribles acontecimientos del 11 de septiembre, asistimos a un debate intelectual, aún en proceso de ebullición, desafortunadamente reducido a espacios intelectuales y sesgado por la gran prensa internacional. De alguna manera ellos condicionan el diálogo, al menos, el diálogo político, el diálogo cultural, que se debe celebrar para la búsqueda de la convivencia. Sin entrar a analizar las causas del fenómeno en cuestión, - que pueden ser diversas, con raíces históricas ancladas en el pasado; explicado por motivaciones políticas, intelectuales, religiosas o, incluso, psíquicas - queremos afirmar que estos acontecimientos han sido de consecuencias nefastas.

 

Estamos frente a uno de los episodios más regresivos de la historia contemporánea. Esos atentados se pueden explicar, – y ha habido explicaciones muy bien fundamentadas- pero no se pueden justificar, en modo alguno. Tienen efectos perversos en todos los ámbitos de la sociedad mundial. Se ha negado, de la manera más absoluta, los derechos humanos. Quienes lo justifican están contaminados por una intolerancia repudiable.

 

Ha habido una aparente demostración de la fracasada teoría de Samuel Huntigton que pronostica la inevitabilidad de una confrontación de culturas y civilizaciones. Y hay también quienes se inspiran en quiméricas superioridades religiosas para plantear una suerte de confrontación contra Occidente.

 

Independientemente de la posición que se defienda en términos políticos y sociológicos, no se puede tener ninguna otra respuesta frente al terrorismo que no sea la condena más absoluta. El terrorismo que hemos visto recientemente constituye la negación más absoluta del diálogo. El diálogo es tolerancia; el diálogo es respeto al otro; el diálogo es la búsqueda de la paz; es explorar los caminos del entendimiento. Y los hechos ocurridos constituyen atentados contra la dignidad humana. Tuvimos la oportunidad de visitar las Torres Gemelas, en Nueva York, días antes de que ocurrieran. Y todavía están grabados en nuestra memoria los rostros de latinoamericanos, de caribeños, de ciudadanos de otras nacionalidades, de personas de condición humilde, también de empresarios. Porque ahí murió gente de todo tipo; no se reparó en géneros, nacionalidades, religiones, ideologías, edades.

 

Algunos medios internacionales han aprovechado la tragedia para estigmatizar el Islam. A lo largo de la historia, por lo menos a partir de la expulsión de los árabes de la Península Ibérica, la civilización árabe-islámica ha sido descalificada en los centros intelectuales y políticos de occidente, como lo analiza el historiador Edward Said, en su libro " Orientalismo". Pero nunca como en estos días la campaña antiislámica se había hecho con tanta insania.

 

II

 

En los debates que realizáramos en el marco del Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos, OEA, que concluyeron con la aprobación de la Carta Democrática Interamericana, temas como el dialogo hemisférico, la paz y la tolerancia estuvieron presentes.

Los 34 países que forman parte de la OEA asumieron el compromiso de impulsar la lucha para eliminar las diversas formas de intolerancia y respetar la diversidad étnica, cultural y religiosa. Según ese importante documento, esta lucha contribuirá, de manera determinante, al fortalecimiento de la democracia en las Américas.

 

La OEA prepara la Primera Reunión de Ministros de Cultura, que se realizará en el primer trimestre del año 2002, con el objeto de contribuir a los esfuerzos que se hacen a nivel internacional para promover la diversidad cultural. Convocatoria que se fundamenta en la importancia decisiva que ella tiene para el desarrollo social, económico y político de los pueblos.

 

La OEA quiere estimular un amplio debate democrático en el hemisferio. Considera que el pluralismo, la diversidad y la tolerancia cultural y religiosa, son pre-requisitos indispensables para el logro de la paz.

 

El Encuentro Latinoamericano y Caribeño sobre el Diálogo de Civilizaciones, auspiciado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela, el Museo de Ciencias, UNESCO y el SELA, es una valiosa iniciativa que se articula no sólo con los propósitos de la OEA, sino que también se inscribe en el año de las Naciones Unidas sobre el Diálogo de Civilizaciones, actualmente en desarrollo.

 

Las conclusiones de este Encuentro, por lo tanto, enriquecerán la visión humanística en la cual se inspira la OEA.

 

III

La opción por la paz y la tolerancia constituye fascinante reto para los dirigentes mundiales que buscan descifrar las claves del momento histórico, a partir de un profundo compromiso ético.

En la abundante producción intelectual que ha circulado, sobre los condenables sucesos de Nueva York y Washington, se pueden encontrar ideas-fuerza para una profunda reflexión sobre hechos relevantes que marcan las realidades de nuestro tiempo.

 

Ideas para nutrir un proyecto de convivencia universal no faltan. Tampoco conceptos prejuiciados que enturbian una adecuada comprensión de los valores fundamentales que orientan a pueblos y sociedades de distintas culturas y civilizaciones.

El Papa Juan Pablo II ha reivindicado, con valentía y prudencia, la suprema aspiración de la comunidad internacional: la preservación de la vida humana. Su Santidad ha reiterado la urgencia de renovar el compromiso de todo ser civilizado, en favor de la paz y la tolerancia. Ha expresado la necesidad de "pasar del rechazo a la acogida y de la desconfianza al respeto". Precisamente, en momentos en los cuales se han inventado nuevas y dantescas formas de acabar con la existencia humana, invocando maniqueísmos indeseables (el bien contra el mal), o profanando el nombre de Dios.

Amos Oz en su artículo titulado "Struggling Against Fanaticism" (The New York Times, 14 de Septiembre, 2001), ha llamado la atención sobre la expansión del chauvinismo y el extremismo religioso que se observa, no sólo en el mundo islámico, sino también en varias partes del mundo cristiano y, fundamentalmente, entre el pueblo judío. Nos dice que los sucesos ocurridos el 11 de septiembre, han restaurado todo tipo de clichés racistas acerca de la "mentalidad musulmana", o del "carácter árabe".

La abrumadora mayoría de los árabes y musulmanes – señala ese autor- ni son cómplices del horrendo crimen ni se regocijan con él. Por el contrario, se sienten agraviados como el resto de la humanidad. Tienen una razón especial para preocuparse, en la medida en que se expanden la discriminación y los sentimientos anti-islámicos, en algunos lugares del llamado mundo occidental.

El crimen cometido por unos pocos fanáticos, no puede ser endosado a relevantes expresiones culturales y religiosas que pueblan el planeta tierra.

El mundo Arabe Islámico es un espacio histórico – cultural y un área geopolítica, constituida por una comunidad de creyentes (Umma), de aproximadamente 1.200 millones de personas, de las cuales más de 200 son Arabes. Estamos hablando de 57 países, de ellos 22 son Arabes, 1 es persa, 13 pertenecen al Africa Subsahariana, 7 son asiáticos del Indo – Pacífico, 3 europeos y 7 repúblicas islámicas de la extinta Unión Soviética.

 Una de las peores consecuencia derivadas de lo ocurrido, es la perceptible expansión de las fronteras de la intolerancia. Algunos –de manera repudiable- asocian el terrorismo con lo árabe; el terrorismo con lo musulmán; el terrorismo con el Islam, haciendo uso de una falsa antinomia: Oriente vs Occidente.

Otros, en cambio, recurren al mismo expediente pero alimentados por la ignorancia, o guiados por prejuicios firmemente instalados en la conciencia –falsa conciencia ideológica- de la cual habló Federico Engels.

Edward W. Said en su Obra "Orientalismo" (Libertarias, Madrid, Noviembre, 1990. Publicación Inglesa en 1979), se ha encargado de evidenciar esos prejuicios, los cuales dificultan comprender la significación de las culturas orientales. Así mismo, que se pueda realizar un diálogo constructivo entre civilizaciones.

Graves peligros acechan a la humanidad en el siglo que recién comienza, cuando el hombre se juega su racionalidad. Frenética es la carrera tecnológica por inventar mecanismos de destrucción masiva, como nunca antes se hayan conocido. Armas de nueva generación construidas para causar máximos daños letales. Ni los seres microscópicos que viven en la tierra son inmunes. Se prepara subrepticiamente a los seres humanos para que perciban, como naturales, los llamados daños colaterales de la guerra. La humanidad vive momentos cruciales.

Samuel Huntington pronosticó que un choque de civilizaciones resultaba inevitable, tras la desaparición de la guerra fría.

Pero, esa colisión está divorciada de la realidad por cuanto ni en "Oriente" ni en "Occidente", los fundamentalismos políticos o religiosos son elementos determinantes de la dinámica civilizatoria.

Edward W Said en su artículo "El Choque de Ignorancias" (El País, Madrid, 16 de Octubre, 2OO1), rechaza la vaga noción de "identidades civilizatorias" propuesta por Huntington, que supuestamente conduciría al conflicto entre dos de ellas: "el Islam y Occidente". Said – con fundada razón- cuestiona esas identidades mineralizadas.

Sin duda que un reduccionismo de tal naturaleza subestima la dinámica interna y la pluralidad de cada civilización. Niega los aportes y fecundas interacciones que existen entre ellas.

Las estructuras civilizatorias y los principios que las sustentan no son herméticos. De manera diversa nos aproximamos a la convergencia de valores compartidos, sustentados en la razón y la justicia.

 

Huntington, como explicó Said, "pretende convertir las civilizaciones y las ´identidades´ en lo que no son, entidades cerradas y aisladas de las que se han eliminado las mil corrientes y contracorrientes que animan la historia humana y que, a lo largo de siglos, han permitido que la historia hable no sólo de guerras de religión y conquistas imperiales, sino también de intercambios, fecundación cruzada y aspectos comunes".

 

Asistimos a la fragua de una cultura global deshumanizante donde prototipos, imágenes, representaciones simbólicas, se propagan -sin control- a través de las grandes empresas multinacionales de comunicación masiva. Mientras tanto – he ahí la paradoja- sus mercados excluyen a las mayorías sociales y populares del disfrute de los bienes materiales necesarios para su supervivencia.

 

Esa cultura global intenta –y en mucho sentido lo logra- uniformar, robotizar, conductas colectivas.

 

La promoción y fortalecimiento de las especificidades culturales, representan, por lo tanto, los espacios de libertad que deben ser defendidos por quienes creemos en la riqueza de la diversidad y pluralidad cultural.

 

En el abanico de opiniones encontradas, Francis Fukuyama ha intentado revivir su desprestigiada teoría del Fin de la Historia ( El País, 21 de octubre, 2001).

 

Poca consistencia tiene el argumento expuesto en su artículo Seguimos en el fin de la historia, según el cual el Islam "es el único sistema cultural que parece producir con regularidad gente, como Bin Laden y los Talibán que rechazan la modernidad de pie a cabeza". Sostiene infundadamente que la destrucción de las Torres Gemelas produjo en el mundo islámico "un sentimiento inmediato de satisfacción al ver que Estados Unidos tenía lo que se había merecido…" Menos fundamento tiene afirmar que la simpatía por los terroristas es predominante en el mundo musulmán. A Fukuyama le falta poco para asegurar que la cultura musulmana es, por esencia, generadora de violencia y terrorismo.

 

Cierto es que algunos protagonistas han utilizado al Islam como justificación de sus deplorables actos. Esto, desde luego, no condena al Islam como cultura. Como tampoco condena a Occidente el hecho de que la bomba atómica haya sido elaborada con la autorización de los líderes anti-eje. Sería igualmente insensato e irresponsable sostener que una sociedad determinada es racista, per se, por el hecho de que existan en su seno prácticas notorias de esta aberración inhumana.

 

En el artículo de Fukuyama se hace una deleznable apología de la "superioridad occidental", tesis que, con tanta razón, ha sido cuestionada mundialmente.

 

El historiador español José Alvarez Junco (El País, 12 de octubre, 2001), se ha preguntado de manera irreverente ¿De qué parte está Dios?. Su respuesta, amen de desconcertante, no deja de ser trágica, pues cierto es que cuando se combate en "nombre de Dios" y en "contra de Satán", no hay límites morales. Todo está permitido si se hace en nombre de Dios. Cuán peligrosos son quienes pretenden "salvar a la Humanidad" de los males que le acechan. Creen encarnar la verdad revelada y actúan "poseídos" por Dios. Más allá de ellos, sólo el mal.

 

 

Para los intolerantes religiosos Dios – como dice José Saramago - no es más que un nombre (El Nacional, Caracas, 20 de septiembre 2001). Bajo su invocación se ha justificado todo. Incluso, abominables masacres. El Premio Nobel de Literatura nos advierte como, durante siglos, personas o instituciones se han dedicado a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el mayor respeto. Junto a ello, la creación de un monstruoso contubernio entre la Religión y el Estado, para agredir la libertad de conciencia y conculcar el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa.

 

Umberto Eco (Primicia, Caracas, 23 de octubre, 2001), ha advertido que las guerras religiosas que han desangrado al mundo han nacido de contraposiciones pasionales:

" nosotros y los otros, buenos y malos, blancos y negros". Por esa vía se niega al "otro". No se comprende a quienes tienen identidades distintas. He aquí uno de los grandes pecados de Occidente que, en su expansión económica colonial, arrasó con otras civilizaciones. "Muchas veces las liquidó con desprecio: los griegos llamaban bárbaros, es decir, balbucientes, a quienes no hablaban su idioma y por lo tanto era como si en realidad no hablaran".

 

El citado libro de Said es de lectura obligatoria para entender como se ha forjado en Occidente, el concepto que ahora se tiene sobre el Oriente. Con abundantes referencias a la producción intelectual generada en los centros de pensamiento en las metrópolis, Said demuestra como el Orientalismo es un estilo, una visión, que pretende dominar, reestructurar y ejercer autoridad sobre Oriente.

 

El Orientalismo ha sido un discurso muy bien elaborado en los centros de poder mundial, para manipular, controlar al Oriente desde el punto de vista político, sociológico, militar, ideológico, científico, y hasta imaginario, desde el periodo posterior a la Ilustración. A través de ese discurso se ha hecho una representación errada del Oriente, al que se considera una forma inferior y rechazable de cultura.

 

No debe haber confrontación entre el Norte y el Sur; ni entre cristianos y musulmanes.

 

Uno de los valores fundamentales del Islam es la paz. En los principios del Islam se preconiza la paz y la tolerancia (respeto al prójimo), como valores universales.

 

En el Sagrado Corán se dice: "Quien matara a una persona inocente, es como si hubiera matado a toda la humanidad y quien salvara una vida, es como si hubiera salvado a toda la humanidad". El terrorismo contradice la esencia del Islam. Lo que está planteado es el diálogo de civilizaciones. El encuentro de ellas con base en el humanismo para enfrentar la violencia internacional en todas sus formas.

 

 

IV

 

El hombre encara -como nunca- una lucha por remontar sus propias miserias. La búsqueda incesante de una comunidad ecuménica regida por la paz y la tolerancia, es lo que se demanda en las actuales circunstancias. Tolerancia e interacción entre culturas para enriquecer el patrimonio humano. Para angostar los ámbitos de la violencia. Para fomentar el diálogo convergente.

 

 

La paz como respuesta perdurable del hombre ante los accidentados vericuetos de la violencia. Ese es el camino.

El ser humano expresado en su diversidad se reafirma en lo individual y se integra al torrente de lo social. La tolerancia y la paz dan sentido de trascendencia a la vida humana y se armonizan con el tejido plural de la sociedad.

La riqueza esplendorosa de la especie humana puede articularse, en comunión constructiva, con trillones de organismos del ecosistema.

Más de 50 mil étnias diferentes dan sentido a ese arco plural que integra la vida humana, conformado por lenguas polifónicas, religiones monoteístas y ancestrales, tan plurales como trascendentes. Los sueños forman parte también de la realidad, porque inspiran las luchas por la existencia y preservación del ser humano. Sueños que, aún cuando no son idénticos, se encuentran en el camino. Se reconocen los unos con los otros.

 

 

V

 

El texto que presentamos quedaría incompleto si no adelantáramos, a manera de hipótesis, algunas bases gnoseológicas y conceptuales, que podrían servir para darle contenido, en las circunstancias actuales, a un diálogo constructivo que contribuya a la búsqueda de la paz y al fomento de la tolerancia en el mundo.

 

 

Primero: Respeto a las soberanías nacionales.

 

Uno de los efectos más perversos de la globalización en curso es que invade amplios espacios soberanos de las naciones. Los predicadores del neoliberalismo consideran que la soberanía no tiene actualmente ninguna importancia. Ahora, y frente a la globalización desintegradora, por el contrario, se debe levantar con mucha fuerza –y ésta debe ser una columna vertebral del nuevo diálogo- el respeto a las soberanía de las naciones. Esta puede perfectamente ser compatible con la globalización solidaria que defienden organizaciones emergentes que postulan una sociedad mundial basada en la justicia.

 

Segundo: Equidad a nivel nacional e internacional.

Se han realizado numerosas reuniones en las cuales los organismos internacionales adquieren un fuerte compromiso para reducir la pobreza y, sin embargo, este morbo social sigue creciendo. Hace 5 años se celebró la Cumbre Social de la ONU, en Copenhague. Allí los países desarrollados asumieron el reto de contribuir al desarrollo de los países pobres, sin embargo, la pobreza en el mundo se ha extendido; las iniquidades entre países se han acentuado; las desigualdades sociales al interior de los países en vías de desarrollo se han profundizado. Por tanto, la búsqueda de la equidad nacional e internacional es elemento fundamental que debe ser considerado en el diálogo.

 

Tercero: Respeto a los Derechos Humanos

Cuando se habla de los Derechos Humanos en el debate intelectual, se alude, principalmente, a los llamados derechos políticos asociados a la tradición europea o anglosajona. Se habla, por ejemplo, de pluralismo, de respeto a la diversidad política, de la libertad de expresión. Por eso, cuando se analizan los Derechos Humanos se ponderan fundamentalmente los derechos políticos. Pero muchos gobiernos de la Comunidad Internacional se niegan a aceptar que los Derechos Humanos incluyen, también, los derechos económicos, sociales y culturales de los pueblos. Estos son fundamentales, pues se trata - como integralidad - del derecho a la sobrevivencia humana.

 

Cuarto: Promoción de la democracia con justicia.

La democracia constituye un proceso en gestación. Un objetivo aún inalcanzado. Mucha razón tienen los pueblos en dudar de las bondades de una democracia, cuyos principios teóricos son, sin duda alguna encomiables - de suyo defendidos y compartidos - pero que en la práctica resultan inviables. Gobernantes que se dicen democráticos contrarían los intereses mayoritarios de los pueblos. No resulta extraño, por lo tanto, que las encuestas reseñan, muy recientemente, como el sistema democrático ha ido perdiendo credibilidad en nuestra región.

 

Quinto: Respeto a las identidades nacionales y a la diversidad cultural.

La homogeneización cultural que impulsa el modelo actual de globalización, socava las bases de las culturas nacionales y niega la diversidad cultural.

La gran riqueza y variedad de la creación humana no es sino el fruto más visible de la diversidad de las culturas.

Y no es posible entender ni buscar maneras fecundas de impulsar la cooperación, sin partir de un reconocimiento sincero de los valores culturales de todas las sociedades.

 

Es a partir de su propia situación cultural, de sus propios valores y no de la adopción mecánica de modelos foráneos, como los pueblos pueden, por vía propia y segura, acelerar su desarrollo sin desfigurar su personalidad histórica.

Desde la perspectiva de los valores culturales propios, cada uno de los países puede y debe participar en el gran esfuerzo colectivo de crear un nuevo orden más justo, fecundo, diverso y plural para la humanidad entera.

 

Sexto: Reactivación del Diálogo Sur-Sur.

Algunos líderes de los países del Sur consideran que el Diálogo Sur-Sur constituye un anacronismo y que el único posible, según la lógica del mercado y del actual mundo globalizado, es el diálogo que se propone desde los países del Norte. En otras palabras, niegan la importancia del diálogo Sur-Sur y hablan solamente del Diálogo Norte-Sur. Son quienes se postran ante las condicionantes que les establece la lógica del mercado internacional, en su versión más negativa: el capitalismo salvaje. Es la lógica de la globalización sin referente humano. En ese sentido hay que reivindicar, (y sobre todo desde el diálogo que debemos promover los latinoamericanos y caribeños), la necesidad e importancia del diálogo Sur-Sur, que tenga como objetivo hacer realidad creciente la cooperación entre nuestros pueblos, con la equidad como principio rector en el manejo de nuestras complementaridades. Un camino que ofrece grandes oportunidades y que aún no ha sido explorado suficientemente. No explorado, precisamente, porque ha habido también intereses por parte de aquellos que dominan las relaciones internacionales en obstaculizar, estimulando condicionantes intelectuales, en los países del Sur, para minimizar sus posibilidades.

 

Séptimo: Nuevas Bases para un verdadero Diálogo Norte-Sur.

Hasta ahora ha prevalecido el Norte en el diálogo con el Sur. Sólo en muy pocas ocasiones – la OPEP es tal vez uno de los pocos paradigmas - la voz de los países del Sur ha sido tomada verdaderamente en cuenta. Tanto en los organismos diplomáticos multilaterales, como en las negociaciones comerciales a escala internacional, los intereses de los países del Sur se han expresado débilmente. Las discriminaciones contra éstos – vía proteccionismos y medidas paraarancelarias – aún existen. Los retos que plantea el futuro aconsejan dejar de lado la malsana competencia entre los países del Sur y patentizan cada vez más la necesidad de forjar el porvenir sobre la base de acciones solidarias. Nuestra fuerza reside en la unión. El diálogo Norte-Sur, para que sea verdadero, debe estar basado en la justicia y la equidad. Superar las asimetrías entre los niveles de desarrollo que existen entre los diferentes países que conforman la comunidad internacional, constituye un objetivo fundamental del diálogo.

 

Octavo: Paz y tolerancia como componentes fundamentales de las relaciones internacionales.

La búsqueda de la paz entre los hombres, sociopolíticamente organizados, ha sido y es una preocupación permanente del ser humano.

En nuestro tiempo, esa preocupación la sentimos con mayor intensidad, porque las críticas circunstancias del mundo en que vivimos la reclaman con más vigor que nunca. Tiempos que nos invitan a reflexionar con profundidad sobre la frágil naturaleza de la paz y sobre los obstáculos que hay que vencer para tratar de consolidarla en el porvenir. Ella no es la simple ausencia de la guerra.

 

La paz no es solamente un estado o un ambiente universal del cual estén ausentes los conflictos bélicos y los enfrentamientos violentos entre naciones. La paz es para los hombres y para los pueblos una situación fundada en un estado de conciencia, que solamente puede alcanzarse en la medida en que se logre, de verdad, un orden en la justicia, la libertad y la participación.

 

Noveno: Combate contra la pobreza.

Cada año se incorporan en América Latina y el Caribe al ámbito de la pobreza seis millones de seres humanos. En nuestra región, la pobreza, lejos de reducirse, ha crecido de manera asombrosa y alarmante. Por eso, ese flagelo social aumenta de forma exponencial y progresiva. En este contexto, como demanda ética y política, Venezuela está proponiendo la adopción, por parte de la OEA, de la Carta Social de las Américas: texto que exprese los compromisos de los Estados Nacionales que forman la Organización, para llevar adelante una lucha decidida contra esta calamidad.

 

Décima: Defensa de la Naturaleza

Los países industrializados producen el mayor número de desechos tóxicos y contaminación ambiental. La explotación indiscriminada de los grandes reservorios naturales del mundo, ubicados precisamente en los países pobres del Sur, hace necesario el diálogo para evitar que el jardín de unos se convierta en el basurero de otros.

Los cambios climáticos ocasionados por el desarrollismo salvaje, debido a la utilización irracional de los recursos de la naturaleza, han producido irreparables tragedias humanas, terribles desastres naturales, así como devastadores efectos sobre el ecosistema.

Los Estados tienen la responsabilidad de proteger y preservar los espacios ecológicos donde cohabitan sus ciudadanos. De aquí se derivan razones para un diálogo entre todos los seres humanos que pueblan el planeta. La toma de conciencia plena sobre la relación armónica que debe existir entre seres humanos y naturaleza, debe estar basada en una concepción ecológica democrática fundada en principios éticos trascendentales.

 

 

VI

La Historia tiene vericuetos incomprensibles. Etapas de avance como de retroceso. Periodos de construcción civilizatoria como de destrucción de la vida humana.

Desde cualquier perspectiva, lo ocurrido el 11 de septiembre, es una avería en la ruta hacia el progreso que ha provocado consecuencias deplorables. En el ámbito de la economía, la sociedad, la cultura y las relaciones internacionales. Se ha ensanchado la incertidumbre y nuevos imponderables oscurecen la comprensión del futuro. Ante tan desconcertantes acontecimientos nadie se puede sentir seguro en ningún lugar de la tierra. Hasta resucitan predicadores del apocalipsis. Los sistemas de seguridad muestran sus vulnerabilidades. Organismos de concertación multilateral privilegian temas que, con el fin de la Guerra Fría, habían perdido preeminencia. Se reducen espacios para la multipolaridad. Se tejen nuevas alianzas impensables en el pasado. Las luchas en favor de la paz y los movimientos que las expresan, lucen debilitados. Aún cuando voces como las del Papa Juan Pablo II, tan sabias como prudentes, insisten en ese noble predicamento.

 

Se han activado, por otra parte, tendencias que colocan a la humanidad ante procesos impredecibles. Se han reforzado dinámicas xenofóbicas y antivalores de la intolerancia, instalados en la llamada cultura o civilización occidental. Países intentan angostar libertades civiles ya conquistadas. A nivel intelectual la reflexión crítica y libertaria tiende a desestimarse, como nunca antes.

 

La violencia constituye la negación más absoluta del diálogo. Este abre caminos para el entendimiento y es pre condición para la convivencia humana. Diálogo significa tolerancia; respeto al otro. Y, como lo señala el filósofo español Fenando Savater, tolerancia es "la convicción de que hay que vivir con lo que a uno no le agrada o no comparte". Pero no puede ser un simple diálogo por el diálogo. Un fin en sí mismo. Debe ser, más bien, un camino; una alternativa para edificar una sociedad basada en la justicia y la equidad. Por eso debe ser sincero y construido sobre valores superiores, pues se trata de alcanzar objetivos igualmente superiores: el bienestar de todos los integrantes de la sociedad. Diálogo para avanzar en la búsqueda de la justicia y la libertad. Fundado en y para dignificar la condición humana. El diálogo en función de paz y en procura de la comprensión – que no excluye el debate- es indispensable. Es la savia de la vida democrática.

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