Discurso pronunciado por el Embajador Nelson Pineda Prada, Representante Alterno de la República Bolivariana de Venezuela, ante la Organización de los Estados Americanos (OEA). El 24 de julio de 2003.


“No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, hasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano.
El ventero que vio a su huésped a sus pies, y oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacer ni decirle, y porfiaba con él que se levantase, y jamás quiso hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedía.

No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío –respondió -; y así, os digo que el don que os he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana, en aquel día, me habéis de armar caballero; y esta noche, en la capilla de este vuestro castillo, velaré las armas, y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del mundo buscando aventuras en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes hazañas es inclinado”.

Así, de esa manera, hubo el Quijote armarse Hidalgo Caballero.
Aventurero y soñador, terco e iconoclasta; pero, profundamente humanitario. Su visión del mundo no se reducía a su comarca. Su causa era la causa de su pueblo. Ciento setenta y nueve años después, América como heredera de aquella España, la de los hidalgos caballeros, vio nacer un “nuevo Quijote”, Simón Bolívar.
Bolívar, Bolívar El Grande. El que a los tres años ve morir a su padre y a los nueve a su madre, el que se casa a los diecinueve años y a los ocho meses de casado ve morir a su esposa. Bolívar, Bolívar El Grande. El de los infortunios, recorre el mundo fraguando su niñez, adolescencia y juventud.

Trashumante, cual hidalgo aventurero de caballería, en su peregrinar se encontrará con dos de sus grandes maestros Don Andrés Bello y Don Simón Rodríguez.
“Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor; y juro por mi patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”.

Fue el 15 de agosto de 1805, delante de su Maestro Don Simón Rodríguez y de Fernando Toro, en Roma, cuando el “Quijote Americano” jura dedicarse a la causa de la independencia de Hispanoamérica. Noble causa, la más noble que el ser humano pueda realizar, redimirle la libertad y la felicidad a sus congéneres. A partir de entonces, con sólo veintidós años de edad, alzo velas y se lanzó al mar, con un solo rumbo, con un solo propósito, emancipar a América, construir la patria americana.

Cinco años después, diría:
“Hoy, es el natalicio de la revolución. Termina un año perdido en sueños de amor para el esclavo de Bonaparte. que principie el año primero de la independencia y de la libertad. Confederación de Estados o Gobierno Central, una Asamblea o muchas, por todo podemos comenzar como comencemos: por la independencia”.
Con estas palabras se ignaguraba el Libertador Simón Bolívar como político. Pronunciadas con motivo del primer aniversario del 19 de abril de 1810 en su condición de miembro de la Sociedad Patriótica.

La reflexión histórica tiene sentido no por que nos permita regolfarnos en los hechos del pasado. Muy por el contrario la importancia del conocimiento histórico reside, precisamente, en entender que el conocimiento de los hechos del pasado nos permite comprender el presente desde el presente.

Si en aquella oportunidad la causa fundamental de tal epopeya residía en alcanzar la libertad, de acceder a la posibilidad de erigirnos como naciones libres, autónomas, independientes, soberanas; el tiempo presente nos impone emprender una nueva lucha que nos lleve a derrotar la pobreza, la exclusión social, a redimirle a los ciudadanos del hemisferio su condición humana; que nos lleve a inundar nuestros pueblos de felicidad, de más y mejor democracia.

Es por ello que quiero en esta mañana exponer, con la venia de ustedes, algunas reflexiones en torno de la Gobernabilidad Democrática en las Américas.

En torno del concepto.
Cuando hablamos de Gobernabilidad, nos colocamos frente a un concepto que, como tantos otros, ha sido adoptado por la ciencia social latinoamericana, con la pretensión de adaptarlo a nuestra realidad. Como es sabido, el término Gobernabilidad tiene sus orígenes en la teoría de la governance política; la cual advino al pensamiento político y, de manera más particular, a la administración pública, luego de la segunda guerra mundial, formando parte de una propuesta más amplia. Se trataba de una formulación teórica, producida en los países altamente industrializados para recuperar sus niveles de crecimiento detenidos como consecuencia del conflicto bélico. Lo planteado era cómo devolverle al welfare state su funcionabilidad.

La experiencia vivida nos dice que estos países, a través de la implementación práctica de dichas políticas, no lograron recuperar sus niveles de crecimiento. Razón por la cual han tenido que recurrir a la formulación y readecuación de políticas internacionales que les permitan seguir descapitalizando a las economías periféricas y semiperiféricas, ejemplo de ello vienen a ser la globalización económica y las políticas de ajuste macroeconómico impuestas a dichas formaciones sociales.

En nuestro hemisferio, la Gobernabilidad debe trascender la definición de Teoría de la Dirección, tiene que ser concebida en una mayor completitud, desde una perspectiva sistémica, ya que con ella debemos referirnos a los más diversos estamentos e instituciones que conforman nuestras formaciones sociales.

La América Latina que tenemos.
A comienzos de la década de los años setenta la ciencia social latinoamericana nos introdujo en el estudio de la realidad de entonces a partir del concepto de la Dependencia. Categoría que ha sido el mayor aporte que nuestros cientistas sociales han legado al pensamiento universal. A partir de ella, nos fue posible entender que la manera como nuestros países se habían relacionado con el sistema capitalista internacional había determinado su subdesarrollo.
La tesis que CEPAL había formulado para el desarrollo del área, basada en la industrialización sustitutiva de importaciones, mostraba pocos éxitos. Dicho modelo de “modernización” no había logrado satisfacer las expectativas generadas. Nuestra América no se desarrollo. Muy por el contrario, comenzaron a aparecer nuevas falencias estructurales que comprobaron la inviabilidad del programa de cambios propuestos.

Treinta años después, al igual que a comienzos de los años setenta, seguimos preguntándonos cuáles son las causas que determinan nuestro rezago con respecto de otras naciones. Por qué no nos hemos desarrollado, resulta ser una pregunta diaria, sin respuesta en el horizonte. La incertidumbre se ha apoderado de nuestra vida, generándonos un mayor grado de escepticismo; nuestra ciencia social es menos imaginativa y demuestra un mayor apego a las “categorías universales”.

Bernardo Klisberg, Asesor de la Presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo, en un seminario sobre Etica y Desarrollo, realizado en esta ciudad de Washington, en el año 2002, aportó los siguientes datos: “36% de los niños menores de dos años padecen de desnutrición. 17% de los partos se hace sin asistencia médica. La mortalidad materna quintuplica la de los países desarrollados. La desocupación juvenil duplica la general. Numerosas familias están siendo destruidas por la pobreza. La brecha de desigualdad es la mayor del planeta. El 5% más rico de la población tiene 26% del ingreso nacional, y el 30% más pobre sólo el 7.5%. La criminalidad asciende y está ligada a la desocupación juvenil y al deterioro de la familia”.

Las anteriores revelaciones no hacen más que confirmar que el reto de éste tiempo reside en encontrar la ruta que nos lleve a derrotar la pobreza. El mismo BID, en su Informe Anual del año 2002, nos dice que: “El debilitamiento del mercado laboral en los últimos años ha tenido un efecto muy preocupante sobre las tendencias de la pobreza. Debe recordarse que durante la década de los noventa, la incidencia de la pobreza (hasta 2 dólares de ingreso diario), se había reducido de 48.3% a 42% aproximadamente, y la pobreza extrema (hasta 1 dólar de ingreso diario), de 22.6% a 17.8%”.

Lo cierto hoy es que, el hemisferio se nos empobreció.
Una interrogante de éste tiempo, que no puede ser evadida es la de ¿por qué estamos perdiendo la guerra contra el desempleo?. Nuestra respuesta acusa a los sistemas económicos que se han adoptado, como la razón primera y fundamental de tal hecho. Se han adoptado economías monetaristas que entronizan el lucro antes que al ser humano, se ha querido implementar una “nueva revolución industrial” utilizando una tecnología que es excesivamente excluidora, han sido impuestas las políticas fondo monetaristas, la globalización y el neoliberalismo. En fin se nos ha obnubilado con un modelo de desarrollo que coloca a un lado lo social.

Por ello, la senda a seguir por nuestros países debe estar guiada hacia la búsqueda de una modernidad propia; que tenga presente al mercado como una realidad inocultable y fundamental para su estructuración y funcionamiento, pero que no se limite o reduzca a él, ya que éste, por sí mismo, no garantiza el éxito del modelo.

La América Latina que queremos construir.
La CEPAL nos ha dicho que “para reducir la pobreza extrema a la mitad hacia el 2015, el producto total debería crecer 2.7% anual durante 15 años: 5.7% para los países con mayor pobreza, 2.7% para los de niveles medios y 2.5% para aquellos con menor pobreza. En cuanto a la reducción de la pobreza total a la mitad, meta en principio más acorde con el grado de desarrollo de la región, las posibilidades son prácticamente nulas para algunos de los países más pobres, puesto que requerirían alcanzar tasas de crecimiento que rebasan notablemente su desempeño histórico”.

Un panorama como el planteado, con tantas incertidumbres, puede llevarnos a un mayor estado de escepticismo. Somos optimistas. El nuestro es un hemisferio joven, con grandes riquezas naturales, con grandes ventajas comparativas, para relacionarse entre sí y con otras latitudes.

Pensar, pues, en el fraguado de una nueva modernidad para los países del hemisferio, supone definir con absoluta claridad quiénes deben ser los beneficiarios de la misma. Nos dice que, debemos conocer lo que ha sido nuestro proceso sociohistórico, que tenemos que asumir un mayor compromiso con la democracia y con los proyectos nacionales, que debemos reconocer a la sociedad civil como una realidad insoslayable, que no podemos seguir teniendo estados ineficaces e ineficientes. Pero por sobre todo, tenemos que definir como vamos a construir una sociedad equitativa en el más amplio sentido y acción.

Gobernabilidad y Desarrollo.
Pensar el futuro de nuestro hemisferio no tiene espera. Por lo que, reabrir el debate sobre el desarrollo, bajo nuevas orientaciones, tiene la mayor pertinencia. Abordarlo desde una nueva y más completa perspectiva supone trascender todo reduccionismo y determinismo. El desarrollo ya no es sólo el desarrollo económico. Una nueva manera de concebirlo nos conduce a hablar del desarrollo del hombre y la sociedad de manera integral.

Lograr el desarrollo humano debe ser el esfuerzo a llevar adelante por quienes tenemos la responsabilidad de dirigir las sociedades.

Edificar ese nuevo estadio supone instrumentar un proceso de transición en el cual se avance hacia la definición e implementación de los mecanismos del nuevo modelo. Ahora bien, esa transición no debe ser concebida como un momento, como un problema de tiempo.

A diferencia de décadas anteriores lo planteado, en este tiempo, es el tránsito de una democracia con limitaciones, excluyente, que ha generado un estado ineficaz e ineficiente, que no ha enfrentado a la pobreza y el hambre como problemas fundamentales, que se ha quedado anclado en la esfera de lo político; hacia la estructuración de un modelo democrático como forma de vida, de una nueva cultura. Lo planteado es, en definitiva, avanzar en una transición de una democracia con limitaciones, meramente, representativa a una democracia más plena, participativa. Tal como se afirma en la Carta Democrática Interamericana, al señalar que: “... el carácter participativo de la democracia en nuestros países en los diferentes ámbitos de la actividad pública contribuye a la consolidación de los valores democráticos y a la libertad y la solidaridad en el Hemisferio”.

Una visión como la expuesta ubica a la transición como una categoría de análisis del futuro. Por lo que para poder construir una nueva visión de futuro debemos entender que no es posible partir de verdades construidas con una ciencia omnipotente, inspirada en la fe del progreso infinito. Hay que tener muy presente que la sociedad ideal no es la que existe sino la que queremos construir. Por lo que antes que la búsqueda del equilibrio lo planteado es el cambio social. Es por ello que, cuando decimos que el reto que hoy tenemos es imaginar el fraguado de una modernidad propia, pensada, diseñada y construida desde América y por los americanos, afirmamos que lo que requerimos no son reformas sino cambios sociales.

La Gobernabilidad Democrática en las Américas.
Gobernabilidad y Democracia no son conceptos distintos. Ambos, han generado en nuestro hemisferio, en la última década, un amplio debate. Si bien tampoco son sinónimos, sugerimos entender por Gobernabilidad un concepto en función de la Democracia. Entendida ésta no sólo como un sistema político sino como una cultura.

La Gobernabilidad Democrática es un hecho de naturaleza problemática. La Gobernabilidad no refiere únicamente al funcionamiento sincronizado de los poderes del Estado. Una visión reduccionista de la Gobernabilidad la define como un hecho que tiene una dimensión básicamente administrativa, que expresa la capacidad de los actores políticos para garantizar la viabilidad de los procesos y decisiones gubernamentales; por lo que, no alcanzado este objetivo, estaríamos en una situación de ingobernabilidad.

La Democracia, a su vez, no refiere de manera exclusiva a la relación entre el individuo y el sistema político, materializada en el acto electoral, como ha sido presentada en muchos casos hasta el presente.

Si por Gobernabilidad entendemos al proceso de construcción, administración y desarrollo de las distintas esferas, estructuras e instituciones, públicas y privadas, de una formación social determinada, debemos convenir en que la Gobernabilidad es un proceso heterogéneo, complejo, diverso y problemático. Son, precisamente, estas cualidades las que le imprimen al concepto su dinamismo, lo constituyen en un concepto dialéctico.

Las sociedades son así. Un estar siendo y un dejar de estar siendo permanentemente. Se construyen y se reconstruyen. El no entender esta dimensión dinámica de las formaciones sociales, es lo que ha conducido a vivir la actual situación de crisis que tenemos.

Las afirmaciones anteriores cobran sentido si entendemos que la manera como ellas han funcionado ha estado determinada por el establecimiento de una conducta hegemónica del poder; que, a su vez, ha generado una ética social que podemos estudiarla a partir de la esencia de las relaciones del ciudadano, como ser social, y su inserción en los marcos de nuestras formaciones sociales. Por lo que debemos entender la ética social como la relación práctico-normativa de la filosofía de la sociedad; ya que, en definitiva, la ética no es más que el intento racional de averiguar como vivir mejor.

Gobernabilidad Democrática y Crisis en el Hemisferio.
Es por esta vía, no como un camino mecánico, que procuramos darle explicación a la crisis que viven los países del área. Cada uno a su manera, pero ninguno escapa a tal realidad. Por lo que una visión ética de la crisis debe conducirnos a reflexionar acerca de las causas, a tomar conciencia que ella no es producto de las circunstancias, a que tenemos que superar la tendencia natural de culpar de nuestros errores a otros.

De tal modo, pues, que hacernos de una conducta ética frente a la crisis significa formular un análisis que, partiendo de la comprensión de nuestra actual situación, nos permita establecer con precisión su génesis. Es por ello que nos resistimos a seguir explicándola sólo a partir de razones económicas o políticas; no por que no sean importantes, sólo que son insuficientes. En tal sentido, una visión diferente en el estudio de la crisis, una visión ética, debe conducirnos a reflexionar sobre los valores y normas que permitieron fraguar nuestro ethos cultural.

Se impone, por tanto, buscar soluciones prácticas a la crisis. Partiendo de lo que sabemos que somos podamos transitar hacia lo que queremos ser. Pero, ese tránsito requiere que se implementen políticas que hagan del americano un ser imaginativo y creador, trabajador y productivo, educado y capacitado, honesto y bondadoso. Requerimos de un liderazgo que contribuya a conformar una conducta que haga ver que los beneficios colectivos deben ser prioritarios ante los individuales; que entienda que la riqueza de nuestras naciones y el funcionamiento del Estado deben ser colocados al servicio de las necesidades colectivas, de las mayorías; que los ciudadanos tienen sus deberes y derechos que no pueden ser conculcados por intereses bastardos, porque ello antes que contribuir al desarrollo de la dignidad humana constituye elementos persuasivos (conscientemente o no), hacia la pérdida de una profunda y arraigada convicción moral del ciudadano. Pero, necesitamos, también, reconstruir, refundar al Estado. Libertad, igualdad y dignidad humana deben dejar de ser simples palabras para convertirse en categorías que nos permitan elaborar un nuevo discurso que de prioridad al ciudadano.

Los desafíos de la Gobernabilidad Democrática.
Es en el marco de estas ideas que, formulamos nuestra posición de avanzar en la construcción de una Gobernabilidad Democrática en las Américas.
Que entienda que una verdadera democracia política es aquella que permite el disenso. Que la idea del otro, que la confrontación, que la oposición a las normas tradicionales, son parte de ella. Son su esencia y razón de ser.
Debemos avanzar en la construcción de una verdadera democracia económica. La riqueza de nuestras naciones debe tener una más equitativa distribución y redistribución. Pero sobre todo, debemos entender que no lograremos edificar una verdadera Gobernabilidad Democrática, mientras mantengamos las enormes desigualdades sociales que hoy tenemos.

A pesar de los problemas que tenemos, somos optimistas. Muy lejos estamos de aquellos que frente a la crisis asumen una posición apocalíptica. Para nosotros las crisis generan oportunidades. Como lo referimos en párrafos anteriores, la pobreza es el principal problema que hoy tenemos, sin excepción.
Hemos dicho que somos contrarios a una visión reduccionista o determinista de los conflictos sociales. Por lo que, la pobreza no la vemos sólo como un problema social. Muy por el contrario, la pobreza es hoy un problema que trastoca los más diversos estamentos estructurales de la sociedad.

Nos ufanamos de que nuestros sistemas políticos son democráticos. Con tanta pobreza, con tantos excluidos, con tanto analfabetismo, con tantas enfermedades, con tantas y odiosas desigualdades, podemos señalar que vivimos en una democracia con grandes limitaciones.

En Venezuela, y en la mayor parte de nuestros países, en el pasado, se experimentó con las más diversas reformas que se nos propuso (e impuso), pero no fue posible detener el deterioro de la nación. Los Venezolanos nos convencimos de que lo planteado era construir un nuevo proyecto de país. La Constitución Bolivariana, aprobada por el 90% de los venezolanos mediante referéndum, constituye el cuerpo doctrinario que da sustento al ideal político, económico, social y al relacionamiento internacional de la patria que estamos construyendo.

Por proponernos, redimirle al venezolano su condición humana; por querer, construir una patria digna que se respete a sí misma; por plantearnos, derrotar la pobreza, la inequidad, las desigualdades; es que se han generado los conflictos vividos durante los dos últimos años. Con mucho respeto, pero con mucha firmeza debo decir a ustedes que en este empeño no claudicaremos. Que hacemos nuestras las palabras del Libertador Simón Bolívar, cuando juró no dar descanso a su brazo, ni reposo a su alma, hasta no ver lograda la libertad e independencia de Venezuela. El pensamiento bolivariano es la sabia que nutre nuestra acción de gobierno, es el manantial en el cual bebemos para construir la nueva patria.


Los problemas que genera la pobreza son tan diversos que no enfrentarlos ahora puede conducirnos al derrumbe del sistema democrático. La lucha contra la pobreza es la lucha por la democracia. Distantes estamos de aquellos que consideran que la Gobernabilidad Democrática es el establecimiento de un sistema político sin desavenencias, sin conflictos.
Permítanme hacer una afirmación que puede lucir muy gruesa, pero de la cual estamos convencidos. El establecimiento de una verdadera Gobernabilidad Democrática en nuestro hemisferio no lo lograremos hasta que no derrotemos la pobreza. Nada, absolutamente nada, conspira más contra la democracia que la pobreza, la desigualdad, la exclusión social.


El malestar hacia la democracia que hoy se vive en todas nuestras naciones, sin excepción, tal vez en unas más que en otras, pero en todas las naciones miembros de este foro, está determinada por el crecimiento de las desigualdades.


Muchas gracias.