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Jorge Valero

Miércoles, 18 de julio de 2001

 

 

La Democracia en el Hemisferio

Tiempo estelar el que vivimos. Un florecimiento democrático observamos en un mundo que, con el fin de la Guerra Fría, ha abierto espléndidas posibilidades para avanzar en la conquista de nuevos y más amplios espacios para la libertad y la dignidad humana. Pero, también, tiempos dramáticos cuando observamos el advenimiento de nuevos conflictos de índole política, étnica, cultural y religiosa, que socavan las bases de la paz y la convivencia internacional. Tiempos desafortunados, donde la pobreza sigue siendo una lacerante situación que afecta a millones de seres humanos.

El tema central de estas reflexiones es la palabra Democracia.

Nos ocuparemos, precisamente, de evaluar cómo funciona en las Américas, poniendo en alto sus incuestionables logros y, también, las inocultables falencias de la realidad donde ella discurre. Encarar la deuda social constituye un desafío irrenunciable para un gobierno de naturaleza democrática. En Venezuela lo estamos intentando en esta hora.

Busquemos todos, al unísono, formas innovadoras para que la realidad se aproxime al ideario democrático, cuyos principios fundamentales están contenidos en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

La Novena Conferencia Internacional realizada en Bogotá, en cuyo marco se aprueba la Carta de la OEA, se celebra entre el 30 de marzo y el 2 de mayo de 1948. Más de un mes de intensos debates precedieron la aprobación de ese instrumento-doctrina de las Américas.

Combatir el comunismo era la preocupación principal que embargaba a los gobernantes del hemisferio, en los años subsiguientes a la II Guerra Mundial. Las actas que registran los debates realizados, previos a la fundación de la OEA, muestran con claridad, el ambiente político-ideológico predominante. La Guerra Fría galvanizaba la confrontación política.

En la Comisión de Iniciativa de la Novena Conferencia Internacional, se declara que: "...el comunismo internacional... es un instrumento de agresión al servicio de propósitos imperialistas y constituye una amenaza para sus instituciones libres, democráticas y republicanas, para su propia independencia y soberanía".

Contra el comunismo los gobernantes del hemisferio oponen ideologías nutridas del liberalismo político. Contra las "democracias populares", que el leninismo llama dictaduras del proletariado, oponen la "democracia representativa".

De resultas, la democracia considerada como representativa quedó consagrada en la Carta original de la OEA, aprobada en mayo de 1948. El artículo 5, en su inciso D reza: "La solidaridad de los Estados Americanos y los altos fines que con ellos se persiguen, requieren la organización política de los mismos sobre la base del ejercicio efectivo de la democracia representativa".

En las diferentes reformas que ha tenido la Carta, en el Protocolo de Buenos Aires, en 1967; en el Protocolo de Cartagena de Indias, de 1985; en el Protocolo de Washington, en 1992 y en el Protocolo de Managua, en 1993, la definición democracia representativa se mantiene inalterada.

Sus principios y valores fundamentales, deberían ser examinados a la luz de las nuevas realidades de nuestro tiempo: la guerra fría ha desaparecido; la democracia, como sistema de gobierno, se expande en todos los continentes; anacrónicos totalitarismos están en el basurero de la historia; oprobiosas dictaduras en plan de retirada; renacimiento y expansión de las libertades democráticas; vigencia de los derechos humanos. Estos son los signos de la nueva era.

A los venezolanos nos ha costado muchos sufrimientos y sacrificios alcanzar la democracia. Nuestra Constitución, fruto de un debate amplio y participativo, aprobada en Referéndum, consagra todos los principios democráticos más avanzados y humanistas que conoce la civilización de nuestro tiempo.

La democracia, como ideario, ha fraguado los mejores destinos e inspirado las luchas de pueblos que buscan la paz, la igualdad y la libertad. La democracia como utopía ha iluminado esperanzas redentoras. La lucha por defenderla y perfeccionarla; la voluntad por ejercerla plenamente, es un fascinante reto para quienes nos proponemos convertirla en realidad. Gran desafío que convoca la imaginación creadora. Y es que, en palabras de Blake (Segundo Libro Profético): "La imaginación es la propia existencia humana".

Desde 1948, es largo el trazo de la historia donde la gobernabilidad ha sido puesta a prueba: autoritarismos indeseables y democracias esperanzadoras; libertades amputadas y conquistas libertarias. Vivimos momentos para la reflexión, para examinar logros y carencias.

II. Democracia Participativa

Dos importantes instituciones realizaron en el mes de mayo del pasado año, estudios sobre la democracia y la política en América Latina.

El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres, en su informe señala:

Con notables excepciones, la democracia en la mayor parte de los países de América Latina no ha respondido. Por el contrario, se ha visto asociada con la corrupción, la delincuencia y la violencia

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID), a su vez, en su "Informe de Progreso Económico y Social" analiza la apatía de los ciudadanos con respecto a la política. Ciertos expertos como O’Donnel expresan que América Latina se orienta hacia una suerte de "democracia delegativa" en la cual los ciudadanos eligen a los dirigentes pero renuncian a controlarlos políticamente.

En ese mismo informe se afirma, con base en encuestas realizadas, que en América Latina hay un apoyo general al concepto de democracia, pero que un respaldo marcadamente menor se da a la democracia en la forma como ella se practica en la realidad.

Uno de los problemas más importantes que destaca el informe del BID, es el reducido nivel de participación política en muchos países latinoamericanos. Por eso considera imperativo que las reformas políticas en la región deben concentrar su atención en la participación política.

La democracia en nuestro hemisferio encara serias amenazas que, como lo afirma la declaración de Québec, aprobada por los Jefes de Estado del hemisferio, "asumen variadas formas". Para que sea cierta la democracia tiene que basarse en la representación, la participación y el protagonismo de todos los sectores, y no sólo de reducidas elites que concentran -no pocas veces en forma grosera y perversa- el poder político y económico.

Nuestra Constitución, la Bolivariana, establece que en aras del fin supremo de refundar la República, Venezuela se propone "... establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural en un estado de justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley."

La democracia directa está consagrada en el Artículo 5° de nuestra Carta Magna. Allí se expresa que la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo quien la ejerce directamente en la forma prevista en el texto constitucional e indirectamente mediante el sufragio por los órganos que ejercen el Poder Público.

El Artículo 62° garantiza la participación del pueblo en la formación, ejecución y control de la gestión pública, como medio necesario para lograr su protagonismo, tanto individual como colectivo.

El Constituyente quiso concretar la forma como el pueblo ejerce la soberanía, en lo político, para elegir los cargos públicos: el referéndum, la consulta popular, la revocación del mandato, las iniciativas legislativas –constitucional y constituyente-, el cabildo abierto, la asamblea de ciudadanos. Y en lo social y económico se mencionan: las instancias de atención ciudadana, la autogestión, la cogestión, la empresa comunitaria y otras formas asociativas.

En lo que se refiere a la democracia local se destaca la participación de las comunidades, asociaciones vecinales y organizaciones no gubernamentales, en la formulación de propuestas de inversión ante las autoridades estadales o municipales.

Otras formas de participación pautadas son la iniciativa ciudadana para la Enmienda 341 Constitucional; la iniciativa ciudadana para la Reforma Constitucional 342 Constitucional; y la iniciativa ciudadana para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente 348 Constitucional.

Nuestra Carta Magna consolida y fortalece la vigencia de los partidos, pero da mucha importancia a los mecanismos de participación de los ciudadanos cuya fuente de legitimidad es la soberanía popular. Se consolidan las estructuras de intermediación pero sin confiscar la titularidad de la soberanía.

Venezuela, por lo tanto, plantea la necesidad de incluir el concepto de Democracia Participativa en la Carta Democrática, que actualmente se discute en el marco de la OEA. Este es, además, un mandato ineludible de la Asamblea General de esta organización, contenido en la Resolución AG/RES. 1684 (1999), adoptada en el XXIX Periodo de Sesiones, celebrado en Guatemala.

En la III Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, hizo observaciones muy puntuales al lenguaje utilizado en la parte relativa a la democracia, ya que no se incluyó en la Declaración de Québec el concepto de democracia participativa. Conviene, ante todo, recordar, que éste fue formulado por Venezuela en la Asamblea General de la OEA realizada en Guatemala en 1999.

En primer lugar, no se trata de un concepto opuesto al de democracia representativa, ni una alternativa a la misma. Es importante tener esto presente a la luz del enfrentamiento durante la Guerra Fría –ya comentada- entre los conceptos de democracia representativa y "democracia popular". Por el contrario, la democracia participativa presupone y coexiste con la democracia representativa, ya que democracia representativa no es otra cosa que el ejercicio del poder por el pueblo a través de representantes libremente elegidos. La libre escogencia de esos representantes es una forma esencial de participación.

Como lo expresa la Presidenta de la Asociación por una Sociedad Solidaria de Francia, Olga Víctor: "Si la democracia participativa se nutre de la crisis del político deslegitimado, ella traduce también las aspiraciones para una profundización de la democracia". ("Primeras Victorias para la Democracia Participativa" en Le Monde Diplomatique, Paris, N° 564, Marzo, 2001).

Para que exista democracia no basta que quienes ejercen el poder sean elegidos libremente. Un sistema de gobierno donde los gobernantes no respondan ante quienes los eligieron, no puede denominarse democracia.

No son pocos los ejemplos de regímenes que, aun cuando han nacido de elecciones, sus gobernantes marginan y oprimen a su población, y los recursos del poder son monopolizados por élites. No puede haber democracia sin respeto a los derechos humanos. El hecho de haber sido electas no confiere a las autoridades el derecho de ejercer el poder sin límites.

III. Democracia y Derechos Humanos

La democracia como valor compartido y como objetivo se ha instalado con renovada fuerza en el mundo. La democracia está en camino de ser aceptada como norma universal.

Durante la Guerra Fría la democracia no pocas veces estuvo subordinada a los intereses de la política de seguridad de las grandes potencias.

Los Estados Unidos y los antiguos poderes coloniales, por un lado, y la Unión Soviética, por el otro, apoyaban dictaduras y regímenes militares.

Algunos estados apelaban al expediente de la soberanía, cuando se les acusaba de no ser democráticos y de vulnerar los derechos humanos. En esa atmósfera no resultaba fácil defender el ideario democrático, pues la forma de gobierno era considerada un asunto interno de cada país.

Durante la década de los 80 dictaduras militares y regímenes autoritarios fueron sustituidos en América Latina, uno tras otro, por clamorosos movimientos populares y democráticos, que lograron conquistar sistemas pluralistas, que otorgan especial importancia al respeto de las libertades fundamentales y a los derechos humanos.

La falta de legitimidad de los gobiernos, la opresión política, el fracaso de los modelos económicos, la corrupción, el partidismo exagerado, el descontento popular frente a las terribles desigualdades e injusticias, la exclusión social, fueron causas que determinaron el surgimiento de movimientos de carácter popular y democrático en nuestro hemisferio. Gobiernos que habían nacido del voto fueron perdiendo legitimidad a causa del fracaso económico y político y de la degradación ética.

Las elecciones otorgan a ciertos gobiernos fachadas democráticas, pero no pocas veces, su principal propósito es legitimar los intereses de élites políticas y económicas. Elecciones sí. Alternabilidad sí. Pero ello no es suficiente. La democracia debe ir más allá del acto comicial y crear mecanismos para que la participación de todos los actores sociales y políticos –sin exclusión alguna- sea una realidad cotidiana.

El avance de la democracia en América Latina y el Caribe ha sido indetenible y creciente en las últimas dos décadas.

Agresivos regímenes militares y odiosas dictaduras han sido sustituidos por gobiernos elegidos por el pueblo en prácticamente todo el continente.

Venezuela tiene y disfruta hoy un sistema democrático, no sólo porque así lo pauta el texto constitucional que nos rige, sino, sobre todo, porque quienes ejercen el poder hacen del ideario democrático una práctica, una manera de entender y cultivar la convivencia humana.

Aunque los avances democráticos son una realidad incontestable en nuestro hemisferio, no son pocos los atropellos que se cometen contra los principios de la democracia, en países cuyos gobiernos han sido el fruto del sufragio, lo cual demuestra que los derechos humanos pueden ser conculcados, aún cuando los gobernantes hayan sido electos mediante el voto.

La democracia y los derechos humanos son dos componentes que se refuerzan y condicionan mutuamente.

El pleno respeto a los derechos humanos constituye el mayor desafío que encara un gobierno democrático.

El respeto a los derechos humanos es una condición esencial del sistema democrático.

Las libertades fundamentales, tales como la libertad de expresión y su ejercicio pleno, son una categoría de esos derechos. Otra, es la protección que merece el ciudadano contra cualquier tipo de atropellos: no se puede arrestar a persona alguna de forma arbitraria, o ser sometida a torturas o maltratos que socaven la dignidad humana. Un tercer tipo de derechos –tal vez los más importantes en nuestra región- se refieren a la satisfacción de las necesidades vitales, que provean a los ciudadanos un nivel de vida justo y digno. De allí que cuando observamos los elevados niveles de pobreza que exhiben nuestros países, no puede sino reconocerse en forma sincera, que la democracia tiene -en muchos casos- muy poco contenido de justicia, lo cual la relativiza y en muchos sentidos la anula. Democracia y justicia social deben ir paralelas.

No existe un hecho que conspire más contra la democracia que las grandes diferencias sociales. La pobreza –en Venezuela llega al 70 %-; la exclusión, el racismo y la injusticia social y económica son los verdaderos enemigos de la democracia. Si queremos tener una democracia estable y alcanzar un desarrollo económico y social, justo y equitativo –esto es precisamente lo que nos proponemos en Venezuela- hay que elevar, incluso como desafió ético, el nivel de vida de las grandes mayorías y reducir las terribles injusticias sociales. El hambre, la imposibilidad de acceder a la educación, a la salud, a un techo propio, el desempleo, la marginación de las mayorías del proceso de toma de decisiones son, entre otras, lacerantes situaciones que de manera acusadora enjuician a quienes han gobernado a nuestros países. Democracia sin justicia social no es democracia.

Los procesos de participación democrática fortalecen la protección de los derechos humanos, ya que ellos constituyen la mejor garantía para que los intereses y aspiraciones genuinas del pueblo puedan expresarse plenamente. La democracia participativa refuerza, por tanto, la lucha por los derechos humanos y su vigencia y da a la democracia su verdadero sentido.

IV. Democracia versus Autoritarismo

Dice Giovanni Sartori en su obra Aspectos de la Democracia, que el autoritarismo aplasta la libertad en lugar de estar en equilibrio con ésta; que es una forma opuesta a la democracia por que ella supone un equilibrio entre libertad y autoridad.

Aunque existe un amplio consensos universal respecto a la democracia, no se descarta que en nuestro hemisferio surjan nuevamente regímenes autoritarios. Y que, incluso, -como ha ocurrido- gobiernos que habiendo tenido un origen democrático, pues han sido expresión del voto, desanden el sendero democrático y se coloquen al margen de éste. El caso peruano ha sido emblemático.

Por eso la OEA discute en estos momentos una cláusula democrática, que nuestro gobierno respalda, para reforzar y fortalecer las instituciones democráticas, la cultura democrática y, sobre todo, para lograr que la democracia sea una realidad y no un mero enunciado de principios -muy nobles ciertamente- aunque abstractos para la mayoría de los ciudadanos.

Experiencias autoritarias han encontrado un amplio cuestionamiento continental y la sola posibilidad de que éstas se posesionen nuevamente en el paisaje político hemisférico, concita justificadas aprehensiones. La cultura democrática se ha instalado con cierta fuerza en nuestras sociedades y no es difícil activar mecanismos para defenderla. El gobierno de Venezuela se inscribe en esa perspectiva y fomenta la cultura democrática de manera amplia y diversa.

En Venezuela vivimos hoy un verdadero proceso democrático. Proceso que es, en esencia, antiautoritario.

Se puede asegurar que un buen paradigma de antiautoritarismo es el propio Presidente Hugo Chávez. No ha habido en la historia reciente del país -desde el período gubernamental de Isaías Medina Angarita (1941-1945)- un gobierno más democrático como el que hoy lidera a la Nación venezolana, con amplio respaldo popular.

El 1 de Julio de 2001, el diario El Nacional publicó un Suplemento Especial titulado "Democracia en Iberoamérica", en el cual prominentes voceros de una corriente política e ideológica de cobertura internacional, plantearon que Venezuela experimenta un régimen autoritario. Algunos en forma irresponsable proclamaron que el gobierno de Venezuela se propone "destruir a la democracia".

De manera, por demás curiosa, el mismo suplemento trae inserta la opinión de dos insignes venezolanos, dueños de medios de comunicación. Me refiero a Miguel Henrique Otero y Alberto Federico Ravel quienes expresaron que "sí existe libertad de expresión en Venezuela y esto se refleja en que sus respectivos medios transmiten mensajes variados sin recibir presiones ".

Según el Proyecto de Carta Democrática en su Artículo 3°, que se discute actualmente en la OEA, son fundamentos esenciales de la democracia:

La celebración de elecciones libres y justas

El acceso al poder por medios constitucionales

El régimen plural de partidos y organizaciones políticas

El respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales

¿Quién puede desconocer que estos fundamentos están plenamente vigentes en Venezuela? En nuestro país se respeta en forma absoluta, y como nunca, las libertades fundamentales. La oposición política tiene la posibilidad de expresarse --sin limitación alguna- por todos los medios de comunicación social. Se llega al extremo de, incluso, mancillar la majestad del Jefe del Estado, sin que sus autores sean sometidos al expediente de la represión o la censura. Se divulga y publica noticias y versiones denigrantes y falsas sobre el Presidente de la República provenientes del exterior. Se guarda silencio cómplice cuando se mancilla la soberanía de la Nación.

Nunca, como hoy, un Presidente había sido sometido al fuego de la crítica con la intensidad y desvarío como ocurre en la actualidad.

El gobierno permite que la angustia popular se exprese libremente. No son pocas las frustraciones que ha padecido el pueblo venezolano en las últimas décadas de su historia. Se procede frente a la protesta de manera dialogante y -debe subrayarse- en forma antiautoritaria. El gobierno tiene como norma permanente el solucionar los conflictos sociales por métodos pacíficos. Curiosamente ciertos portaestandartes del antiautoritarismo le piden al gobierno que actúe "con energía". En otras palabras, que ponga en práctica una máxima muy conocida en el pasado: "dispare primero y averigüe después". Es aquí, cuando algunos predicadores de ese sui generis antiautoritarismo se desdoblan y acusan al gobierno de fomentar o apoyar la anarquía pidiéndole, a cambio, que imponga la autoridad sin contemplaciones.

No pocas veces se han sofocado, a sangre y fuego, las protestas populares en el ambiente político venezolano.

En otros tiempos se invocaba la Majestad Presidencial para sofocar la protesta pública. Por críticas irrelevantes, muy distintas a las que las hoy se formulan contra el Jefe de Estado, no pocos opositores políticos fueron aventados a las cárceles del país. Han pasado dos años de gobierno y, sin embargo, no hay un solo preso político. Nadie ha sido maltratado. Ningún periódico ha sido clausurado. Los opositores políticos ejercen la crítica sin limitaciones llegándose, en muchos casos, al infundio y a la calumnia... Y nada les pasa a los críticos. Muy fácil es hoy ser opositor al gobierno, ya que ningún riesgo se corre por eso. Muy distinta la situación, cuando por ejercer ésta hasta la vida corría peligro. El Presidente y el Gobierno mantienen, como es absoluta y transparentemente visible, el mayor respeto a la libertad de expresión, a la crítica, a los derechos de los opositores políticos.

El gobierno quisiera que la oposición se organizara y ejerciera su función en forma seria y responsable. Considera que ella es imprescindible para el buen funcionamiento de la democracia. La crítica, bien canalizada, contribuye a que el gobierno corrija sus imperfecciones. La crítica, sin embargo, tiene una dimensión ética. Debe estar fundada en la razón y la verdad.

El gobierno de Venezuela no perderá la brújula. Continuara en su empeño irrenunciable por construir una sociedad justa, democrática y solidaria. Esperamos que en la oposición predomine la sindéresis para bien de todos los venezolanos.

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