DISCURSO DEL EMBAJADOR JORGE VALERO
CON MOTIVO DEL 05 DE JULIO,
DÍA DE LA INDEPENDENCIA DE VENEZUELA

 Washington D.C., 05 de julio de 2007

 

 

Hoy conmemoramos el ciento noventa y seis aniversario de la Declaración de Independencia de Venezuela, nóbel nación que ocupaba el norte de la América del Sur, desde la desembocadura del Orinoco, hasta la península de La Guajira.  Y tierra adentro, hasta la selva amazónica, cruzada por el Caño Casiquiare, de caudal tan poderoso como el Orinoco, del que se desprende para llegar al Amazonas.

Así era la tierra pacífica de aquella Capitanía General de Venezuela, con más de millón y medio de kilómetros cuadrados, nacida en esa fecha e  inocente de la intensa historia de luchas libertarias que la esperaba.

 Aquella Capitanía General había surgido  en las islas del mar de las Perlas, donde existió Cubagua, primera ciudad con escudo de armas de la que queda memoria en Suramérica, seguida por Margarita, Coro y Cumaná en el Continente. La riqueza perlífera de Margarita colmaba entonces las arcas del Rey Carlos III.

        Durante tres siglos se forjó la población. Para 1800, cuando la visita el científico alemán Alejandro de Humboldt, ya se había producido el perfil humano del venezolano de hoy.

        Antes de que la Constitución de 1811 proclamara la aspiración a ser libres e iguales, Venezuela era una brasa oculta que pronto sería fuego creador.

        “Si esta Capitanía General se pierde, la Corona perdería todos sus dominios”, había profetizado en 1790 el Intendente Ávalos, en carta confidencial al ministro de Indias.

        Otros fuegos ardían en aquella tierra, la antigua Capitanía General de Venezuela había producido el primer hombre de armas: Simón Bolívar, y el primer hombre de letras de la América hispana: Andrés Bello, según setenció el ilustre polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo a comienzos del siglo XX. También a Miranda y Simón Rodríguez, precursores de la Independencia y del pensamiento utópico, respectivamente.

         Marcada por un singular destino la tierra que sería venezolana había sido poblada por los indios caribes, que legaron su nombre al mar que baña las costas de Venezuela y de otras naciones hermanas continentales e insulares. Hoy Venezuela es tierra prodiga abierta a la colaboración con las naciones hermanas.

        El destino ubicó en sus tierras durante el siglo XVI el mítico Reino del Dorado, al que aludieron sabios renacentistas y ambicionaron codiciosos aventureros.

        Aquella riqueza antigua de la Laguna Parima que aparecía en los mapas de los cartógrafos alemanes, está representada hoy por la faja petrolífera del Orinoco. Riqueza providencial que el Gobierno Bolivariano concibe, como elemento integrador para desarrollar la nación de naciones, que un día lejano como el de hoy, nació en Caracas el 5 de julio de 1811.

El mismo tiempo histórico en que ocurriera el nacimiento de otras naciones en Chuquisaca, Buenos Aires, Quito y poco a poco, en todas las regiones que se extienden de México a la tierra del fuego.

        Venezuela ha desarrollado en cinco siglos su rica y sincrética cultura y su humanidad mestiza que ahora, con el lenguaje sin fronteras de la música y la danza trae la expresión festiva y poética de nuestro pueblo. 

Venezuela porta la fragancia de las flores que cubren las montañas de mi región natal, los Andes venezolanos, donde

“Sigo la ruta del sol hasta los sembradíos

que iluminan con sus ordenadas geometrías

el llamado de las cumbres.

Los espíritus luminosos del universo

renacen en los granos de maíz

y el ave fénix

vuela hacia la residencia de los ángeles”.

Venezuela es también la brisa del atardecer de los valles, las costas y las llanuras de la Tierra de Gracia que bautizara el aventurero Almirante genovés y bendijo, siglos antes, Amalivaca, Dios de la tierra aborigen.