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CINCO
POETAS VENEZOLANOS Palabras del Embajador Jorge Valero, con motivo del Segundo Concurso de Poetas del Mundo Diplomático en Washington Washington DC, 25 de noviembre de 2003 |
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En
“Los Hospitales de Ultramar”, memorable texto que Octavio Paz
escribiera para la revista “Puertas del Campo”,
se dice que “En nuestros días la misión del poeta consiste en
convocar los viejos poderes, revivir la liturgia verbal, decir la palabra
vida”. Y si faltara fundamentación sobre el significado del acto creador
que emana de la imaginación del poeta, sería suficiente con recurrir a
Gustavo Adolfo Bécquer, quien sostiene que “mientras haya un misterio
para el hombre, habrá poesía”. Estos acertijos se corroboran plenamente
cuando examinamos la poética venezolana. Hoy
nos congregamos en esta casa de
la OEA para rendir homenaje a la poesía. Para escuchar voces que nacen del
alma. Para redimir lo más sublime que emana de la sensibilidad del ser
humano. Para establecer una comunión sacrosanta con los Dioses. La
voz poética está siempre en trance. Alojada en ese espacio que trasciende
lo real, para comunicarse con lo maravilloso que nos provee la epopeya del
hombre en su recorrido por alcanzar la libertad, y comunicarse con lo
sagrado. De allí los enigmas de la poesía. Sus misterios. Sus poderes
creadores. La más prístina de las expresiones literarias. I Hablar
de poesía venezolana es recorrer los intersticios de la creatividad que
fluye de un mundo telúrico, donde la leyenda se confunde con la realidad y
el mito alcanza dimensiones reales. Hablar de la poesía venezolana es
hablar de la poesía Latinoamericana toda. Invocar sus paradojas. Sus sueños
irrealizados, así como también sus utopías posibles. La búsqueda
incesante de una cosmogonía que reconcilia al hombre con el hombre en su
contextualidad natural. Allí está Andrés Bello,
con su “Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida”, tras la
identidad americana: ¡Salve,
fecunda zona, En
su comunión con lo americano, la tierra – en el discurso de Bello- emana
victoriosa hacia un destino utópico; hacia un porvenir que aloja la
esperanza del hombre, que labra con sus manos la arboleda florida que lo
cobija, que reconcilia al hombre con los enigmas de la madre naturaleza: ¡Oh
jóvenes naciones que ceñidas II Prosa
perenne y dúctil. Lenguaje poético que permea todos los géneros de la
literatura. Prosa poética en busca de lo absoluto. Las máscaras como
disimulo del sueño. El lenguaje como morada de lo alegórico, enigmático,
riguroso y preciso. Su presencia perdurable en la poética venezolana, sin
reparo de autenticidades. El vivir para la poesía y la poesía como forma
de vida. Así es Ramos Sucre. Salvador
Tenreiro, evoca en “El Poema Final” esa portentosa creatividad del bardo
cumanés. “La poesía de Ramos Sucre lee fundamentalmente (en) los signos
de un mundo que se ha levantado entre ruinas y harapos, entre despojos y
fragmentos de luz: el mundo de los libros”. José
Antonio Ramos Sucre, fundador de la vanguardia literaria venezolana, prosa
descarnada que rasga entrañas. Grito desesperado de vida y muerte:
Huía ansiosamente, con pie dolorido, por el escampado. La
nevisca mojaba el suelo negro. Pude
esconderme en el antro causado por el desarraigo de un árbol. Compuse las
raíces manifiestas para defenderme del oso pardo, y despedí los murciélagos
a gritos y palmadas… . III Ramón
Palomares. “El Viejo Lobo” de la palabra encantada. El paisano que
dialoga con los páramos. Montañas peregrinas que reposan en los valles.
Cumbres esplendorosas que dialogan con ariscos cóndores. Alturas
inaccesibles por las que descienden manantiales; los mismos que forman ríos
más y más caudalosos. Son los Andes venezolanos. Allí está Escuque
habitada por paisanos “comedores de chimó” y fabricantes de sueños.
Manos prodigiosas de campesinos artesanos fabricando templos. Tejidos de
lana cobijando misterios ancestrales. Religiones primordiales iluminando
caminos. Dictamorreal y otros mágicos productos
de la Madre Tierra. Encantos que se mudan: Aquí
llega el Noche IV Tomar
el cielo por asalto es el lema de una juventud sedienta de justicia.
Irreverente: “Detengamos el mundo que me quiero bajar de él”. Víctor
Valera Mora, “El Chino”, el que una mañana “amaneció de bala”
proclama su herejía en “el rayo que no cesa”. Juglar “tremebundo”,
andariego, derrumbador de paradigmas establecidos. Vivió el poeta con el
sueño de construir palacios de justicia. No
hay otra alternativa, Sintió
el poeta el costillar de
Rocinante acicateado de sueños, cual Quijote latinoamericano, desafiando
tempestades. Poderes establecidos y costumbres decimonónicas que bien vale
la pena cuestionar. Está su verbo, allí, develando fariseísmos de frac y
levita. “El mosto del centenario vino que se encharca en las bodegas”, a
decir de Alvaro Mutis, como pretexto de contertulios
buscadores de un futuro mejor. Y
a su lado, sus favoritos: Vladimir Maiakovski, Jacques Prévert, Nazim
Hikmet, Walt Whitman, Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Dylan Thomas. Y
canto y siempre cantaré V Hace
unos días se nos ha ido un gran poeta venezolano. Premio Nacional de
Literatura, 1975. Poeta de poetas. Uno de los más grandes de la literatura
latinoamericana. Me refiero a Juan Sánchez Peláez, considerado por la crítica
especializada como uno de los más sobresalientes cultores de las letras
venezolanas. El surrealismo entró por la puerta grande en la patria
de Bolívar, a través de su verbo fecundo. Acechado por los sueños.
Seducido por el encanto y el amor. Poseído por el encantatorio estatuto del
irredento creador sin límites. Sueña y habla. O mejor decir. Sueña poseído
por los Dioses que le hicieron tributario del lenguaje de Lautréamont, de
Rimbaud, de André Breton. Si
cae nieve ahora |