LA HORA DE LOS PUEBLOS

Jorge Valero*

Cuando Francis Fukuyama puso en circulación su conocido libro El fin de la historia y el último hombre, donde proclamó el triunfo absoluto del neoliberalismo y la inviabilidad de cualquier opción alternativa, un cortejo de intelectuales latinoamericanos acogió, como “dogma de fe”, tan “novedosas” formulaciones. Todo aquél que cuestionara un modelo, cuyos adoradores consideraban infinito, se colocaba al margen de la modernidad.

          El neoliberalismo se impuso frondosamente en el paisaje político latinoamericano. Las derrotas que sufrieron fuerzas políticas y sociales de índole progresista y revolucionaria, durante las décadas del 60 y del 70, no hacían sino “confirmar” tales predicamentos.

          El caso chileno es emblemático. Salvador Allende, un probado líder democrático, fue derrocado mediante un sangriento Golpe de Estado. Aunque había procurado que en su país se estableciera una “vía democrática al socialismo”, los poderosos defensores nacionales y extranjeros de groseros privilegios, no vacilaron en destruir el orden democrático que aparentemente alegaban defender.

Derrota tras derrota, los movimientos políticos  que planteaban sustituir el modelo neoliberal imperante en nuestro Continente, sucumbían   ante el endiosamiento del “pensamiento único”.

 

Sombrío el panorama para aquellos que luchaban por construir sociedades basadas en la justicia y la igualdad. Las dicotomías en el orden económico y social,  a resultas de las cuales crecía escandalosamente la pobreza en el Hemisferio, debían ser asumidas como “calamidades naturales” del sistema. Quien se atreviera a cuestionarlas se tornaba anticuado. Y el mote predilecto no era otro que “populista”. Era una quimera plantearse alcanzar un nuevo orden social de carácter humanístico y solidario.

Hubo tiempos de glorificación del modelo neoliberal y del capitalismo salvaje. Empezaron a aparecer, sin embargo, crecientes grietas en el monolítico pensamiento predominante. Se comenzó a hablar de la “Década Perdida”. Ciertamente, la del 80 no hacía sino confirmar que el modelo impuesto a nuestros países mostraba inocultables falencias. Incluso, en los países mas desarrollados, aparecieron prominentes voceros como  Joseph E. Stiglitz, quien se refirió en su libro El malestar en la globalización, a las nefastas consecuencias de un sistema financiero mundial que acentuaba las diferencias entre los países y al interior de ellos.

          El ambiente político-intelectual  ha cambiado. Ahora se cuestiona las perversiones de los partidos tradicionales; las insensibles élites que han gobernado; las injusticias que crecen por todas partes; el esquema de globalización; la corrupción imperante. Y hasta Jefes de Estado -de países desarrollados- como ocurrió en la Cumbre de Las Américas realizada en Monterrey, del 11 al 13 de enero de 2004, reconocen la necesidad de luchar contra la pobreza para alcanzar la equidad y la inclusión social.

          Ahora, los plumíferos defensores del modelo neoliberal vigente han desplazado sus preocupaciones hacia otro campo. Conscientes de que el sistema “hace aguas”, procuran que los nuevos liderazgos que aparecen en todos y cada uno de los países de la región, se mantengan dentro de sus parámetros. Satanizan por tanto a quienes “no siguen las normas establecidas de etiqueta política”. Lo que no pueden ocultar, sin embargo, es que esos liderazgos y las poderosas corrientes políticas, sociales y culturales que representan, se expanden por todos los intersticios de la sociedad latinoamericana, y son portadores de ideales cuyo tiempo histórico ha llegado.

 

           Hugo Chávez y el proceso bolivariano no están solos en el firmamento político continental. Nuestro proceso  revolucionario tiene sus propias especificidades. Es pacífico y democrático por naturaleza. Cuenta con un clamoroso y decisivo respaldo popular. Con una Fuerza Armada dispuesta a defender la institucionalidad democrática. Y eso, entre otras características, lo diferencia de otras experiencias que no pudieron alcanzar la victoria.

           Esto debería ser entendido por quienes pretenden detener la rueda de la historia.

 

*Embajador de Venezuela ante la OEA