La
Tercera Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de las Américas realizada en Quebec,
Canadá, examinó el estado actual de la democracia. Valoró sus encomiables prácticas
que han sedimentado el progreso y la justicia en el hemisferio.
Democracia sin justicia social es una ficción. Justicia sin democracia
no es otra cosa que una mascarada. A decir de José Saramago, Premio Nobel de Literatura,
en su extraordinaria obra El Evangelio según Jesucristo: "Hay una enormísima
diferencia entre comer y no haber comido".
El debate sobre la democracia encuentra en la Constitución de nuestra
República Bolivariana abundante material doctrinario y filosófico. Sólo basta con una
lectura objetiva, sin prejuicios, para encontrar allí fundamentos básicos que pueden
garantizar un adecuado equilibrio en el ejercicio de la función pública, postulados que
constituyen referencias medulares para los que soñamos edificar sistemas democráticos,
como norma de vida, como ejercicio de justicia social y como perspectiva humanística para
el presente y el futuro.
La democracia, como ideario, ha fraguado los mejores destinos e
inspirado las luchas de pueblos que buscan la paz, la justicia, la igualdad y la libertad
en el continente. La democracia como utopía ha iluminado esperanzas redentoras. La lucha
por defenderla y perfeccionarla, fascinante reto para quienes nos proponemos convertirla
en realidad. Gran desafío de nuestro tiempo que convoca la imaginación creadora,
inteligencia desplegada en dimensiones inconmensurables. Y es que, en palabras de Blake
(Segundo libro profético): "La imaginación es la propia existencia humana".
La democracia representativa fue definida en la Carta de la OEA, en
1948, como el sistema de gobierno que debían adoptar todo los países del hemisferio. Es
largo, el trazo de la historia donde la gobernabilidad ha sido puesta a prueba:
autoritarismos indeseables y democracias esperanzadoras; libertades amputadas y conquistas
libertarias. Vivimos momentos para la reflexión, para examinar logros y falencias.
La democracia representativa contiene principios sin cuya observancia
no puede haber democracia: alternabilidad en el poder, pluralismo político, diversidad
cultural y elección de los gobernantes mediante voto popular.
En nuestro hemisferio, sin embargo, la democracia representativa encara
serias amenazas que, como lo afirma la Declaración de Quebec, "asumen variadas
formas".
Para que sea verdadera, la democracia representativa debe estar
íntimamente ligada al desarrollo económico y social; debe proveer a los seres humanos
condiciones espirituales y materiales indispensables para el logro de su felicidad. Muy
distinta es la situación que se vive en nuestra región, plagada aún de terribles
inequidades e injusticias.
La democracia representativa también exhibe serias carencias en cuanto
a la forma de participación de la ciudadanía, razón más que suficiente para renovarla
y adaptarla a los intereses de todos y no sólo de reducidas élites que detentan,
obscenamente, el poder político y económico.
La legitimidad del sistema democrático reside en la participación
permanente del ciudadano en el proceso de toma de decisiones, tanto en las instituciones
públicas, como en las diversas formas de organización social.
Desde esta óptica, se trata de crear una suerte de "ciudadanía
fiscal". De identificar canales y mecanismos expeditos para el ejercicio real del
protagonismo de los más diversos sectores de la sociedad.
A la luz de la experiencia, el presidente Hugo Chávez planteó en la
Cumbre de Quebec la necesidad de establecer un binomio indisoluble entre representación y
participación, como soportes de la democracia, toda vez que ambas categorías son
complementarias y no excluyentes.