Con la muerte reciente de Hans Georg Gadamer, el pensador más representativo
de la filosofía hermenéutica desaparece, según Isidoro Reguera, el más viejo y
más grande de los filósofos vivos. La lectura de sus textos, entre los cuales
puede mencionarse Verdad y método, es fuente de inagotable sabiduría. Dos frases suyas
serían suficientes para valorar las dimensiones de una obra trascendental. Su máxima:
El otro podría tener la razón, es una de ellas. Tras la muerte de Moisés
Moleiro he recordado, más que todo, la confesión que Gadamer hiciera a un periodista de
la agencia alemana de noticias, DPA, en las proximidades de sus 102 años: La única
frase que quiero defender sin restricción alguna es que los seres humanos no pueden vivir
sin esperanza.
Para quienes en edad temprana nos sumábamos a la lucha
social, Moisés Moleiro era un emblema. Destacaba entre los líderes de su generación
porque reunía cualidades inusualmente concentradas en un ser humano: inteligencia
singular, erudición poco común, irreverencia desenfrenada, arrojo a prueba de balas,
sencillez monacal y bonhomía infinita.
Quisimos tomar el cielo por asalto. Durante
un tiempo enarbolamos banderas partidarias distintas, aunque estábamos inspirados en
ideales comunes. Militamos en las mismas utopías. Soñamos con un mundo preñado de
igualdad, justicia y redención humana.
El más significativo legado que Moisés nos deja, es el
modo como asumió su compromiso con los ideales que abrazó desde tiempos de su juventud.
Ejerció el oficio político con absoluto desprendimiento. Un soñador transparente. Un
filósofo militante. Poeta y juglar de textura cervantina. En el mejor sentido, un asceta.
Aunque su legendaria figura no era ajena para quienes
participamos en las luchas populares en los años posteriores al derrocamiento de Marcos
Pérez Jiménez, nuestra amistad nació en 1985, cuando coincidimos en Managua durante un
aniversario de la victoria sandinista. Moisés representaba al MIR. Teodoro Petkoff y
quien escribe asistíamos a los actos en nombre del MAS. Ambos partidos se fusionarían
posteriormente. Nuestra relación fue fortaleciéndose en la medida en que compartíamos
esperanzas e ilusiones desde la misma trinchera partidaria. El humor no es ajeno a la
política. He aquí una anécdota: cierta picaresca masista llamaba banda de los
cuatro, a la corriente que formábamos junto con Héctor Pérez Marcano y Rafael
Thielen. De esta manera, se procuraba establecer un jocoso paralelismo entre nosotros y
los líderes que se habían revelado en China contra Mao TseTung.
La impronta de Moisés es imborrable. Está instalada en
los recuerdos de quienes continuamos creyendo hoy con más fuerza en la
posibilidad de alcanzar niveles superiores de desarrollo humano, que superen las actuales
iniquidades e injusticias.
Compartimos con Moisés fecundas inquietudes
intelectuales. Nos nutríamos de su aquilatada experiencia y vasta cultura, que no
estábamos ciertos en poseer. Su verbo sonoro, profundo e impregnado de una sencillez
conmovedora. Su conducta política estuvo, antes que nada, fundada en la ética.
En un libro del cual fuimos coautores titulado El MAS:
¿Un proyecto político para el cambio o la conservación?, publicado en 1993, por el
Fondo Editorial Tropykos, Moisés dejó registro de su pensamiento humanístico:
Desde diversas casamatas se dispara hoy día contra la terca aspiración humana de
intentar cambiar al mundo, de hacerlo mejor y más habitable, lo cual implica de alguna
manera subvertirlo. Épocas hay en que la verdad suele encubrir su rostro, como
algunos dioses antiguos. En todo caso no es uno de sus oficios el estar siempre de moda,
salvo en momentos estelares, en que se condensan múltiples determinaciones y hechos
disímiles y se avanza rompiendo viejas ataduras y fundado lo nuevo en la historia de la
especie.
* Embajador venezolano ante la OEA