OPINION

Moisés Moleiro o la política como apostolado

Jorge Valero *

 

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Con la muerte reciente de Hans Georg Gadamer, el pensador más representativo de la filosofía hermenéutica desaparece, según Isidoro Reguera, el “más viejo y más grande de los filósofos vivos”. La lectura de sus textos, entre los cuales puede mencionarse Verdad y método, es fuente de inagotable sabiduría. Dos frases suyas serían suficientes para valorar las dimensiones de una obra trascendental. Su máxima: “El otro podría tener la razón”, es una de ellas. Tras la muerte de Moisés Moleiro he recordado, más que todo, la confesión que Gadamer hiciera a un periodista de la agencia alemana de noticias, DPA, en las proximidades de sus 102 años: “La única frase que quiero defender sin restricción alguna es que los seres humanos no pueden vivir sin esperanza”.

Para quienes en edad temprana nos sumábamos a la lucha social, Moisés Moleiro era un emblema. Destacaba entre los líderes de su generación porque reunía cualidades inusualmente concentradas en un ser humano: inteligencia singular, erudición poco común, irreverencia desenfrenada, arrojo a prueba de balas, sencillez monacal y bonhomía infinita.

Quisimos “tomar el cielo por asalto”. Durante un tiempo enarbolamos banderas partidarias distintas, aunque estábamos inspirados en ideales comunes. Militamos en las mismas utopías. Soñamos con un mundo preñado de igualdad, justicia y redención humana.

El más significativo legado que Moisés nos deja, es el modo como asumió su compromiso con los ideales que abrazó desde tiempos de su juventud. Ejerció el oficio político con absoluto desprendimiento. Un soñador transparente. Un filósofo militante. Poeta y juglar de textura cervantina. En el mejor sentido, un asceta.

Aunque su legendaria figura no era ajena para quienes participamos en las luchas populares en los años posteriores al derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, nuestra amistad nació en 1985, cuando coincidimos en Managua durante un aniversario de la victoria sandinista. Moisés representaba al MIR. Teodoro Petkoff y quien escribe asistíamos a los actos en nombre del MAS. Ambos partidos se fusionarían posteriormente. Nuestra relación fue fortaleciéndose en la medida en que compartíamos esperanzas e ilusiones desde la misma trinchera partidaria. El humor no es ajeno a la política. He aquí una anécdota: cierta picaresca masista llamaba “banda de los cuatro”, a la corriente que formábamos junto con Héctor Pérez Marcano y Rafael Thielen. De esta manera, se procuraba establecer un jocoso paralelismo entre nosotros y los líderes que se habían revelado en China contra Mao Tse–Tung.

La impronta de Moisés es imborrable. Está instalada en los recuerdos de quienes continuamos creyendo –hoy con más fuerza– en la posibilidad de alcanzar niveles superiores de desarrollo humano, que superen las actuales iniquidades e injusticias.

Compartimos con Moisés fecundas inquietudes intelectuales. Nos nutríamos de su aquilatada experiencia y vasta cultura, que no estábamos ciertos en poseer. Su verbo sonoro, profundo e impregnado de una sencillez conmovedora. Su conducta política estuvo, antes que nada, fundada en la ética.

En un libro del cual fuimos coautores titulado El MAS: ¿Un proyecto político para el cambio o la conservación?, publicado en 1993, por el Fondo Editorial Tropykos, Moisés dejó registro de su pensamiento humanístico: “Desde diversas casamatas se dispara hoy día contra la terca aspiración humana de intentar cambiar al mundo, de hacerlo mejor y más habitable, lo cual implica de alguna manera subvertirlo”. Épocas hay en que la verdad suele encubrir su rostro, como algunos dioses antiguos. En todo caso no es uno de sus oficios el estar siempre de moda, salvo en momentos estelares, en que se condensan múltiples determinaciones y hechos disímiles y se avanza rompiendo viejas ataduras y fundado lo nuevo en la historia de la especie.

* Embajador venezolano ante la OEA