OPINION

Victoria de la razón

Jorge Valero *

 

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Antonio Tabucchi en su libro Se está haciendo cada vez más tarde (Editorial Anagrama, 2002), nos transporta a un mundo donde los tiempos se disuelven; el destino de los hombres se extravía en laberintos irresolubles; las pasiones humanas se desbordan y el amor se torna ilusorio. El texto no está exento de ternura, sensualidad y nostalgia. Novela epistolar donde nos vienen, a veces, “ráfagas de ideas que no pertenecen a nuestra lengua”. El diálogo, en cambio, aunque escurridizo y brumoso, es el lenguaje del hombre. Construye y reconstruye, en un sinfín dialéctico, la comunicación humana. Es un antídoto contra la intolerancia. Edifica opciones humanísticas superando fanatismos. Representa la victoria de la razón.

La democracia, a su vez, es el mejor de los sistemas políticos conocidos. Fragilidades y grandezas son características inmanentes a la democracia. Por eso hay que preservarla y perfeccionarla. Feliz frase la de Arturo Valenzuela, quien ha sostenido que la democracia “Es un sistema donde actores políticos se ponen de acuerdo para estar en desacuerdo impulsando distintas estrategias para lograr el bien público, siguiendo reglas claras en una competencia leal y pacífica por el poder basado en el veredicto de las mayorías conforme al estado de derecho”.

La experiencia hemisférica demuestra que las violaciones masivas y sistemáticas a los derechos humanos, ocurren, precisamente, cuando se quebranta el orden democrático. Las imperfecciones de la democracia se corrigen dentro de la democracia misma. Planteamientos compartidos por la inmensa mayoría de los venezolanos, que hoy clama por la paz y la reconciliación. Lamentablemente, los predicadores del odio y profetas del caos –aunque minoritarios– siguen ocupando espacios destacados en el debate público. Desaventurado es constatar, mientras tanto, que los cultores del diálogo y la distensión no terminen de expresarse, con la amplitud y vigor que demandan las circunstancias.

José Vicente Rangel ha planteado, con marcada preocupación, las dificultades que existen para instrumentar el diálogo. Patéticas sus aseveraciones: “Dialogar es difícil. Es un tormento. Más fácil es recurrir a la violencia. Para ello no se requiere talento ni creatividad.” (El Nacional, 21 de junio pasado). Que expresiones como éstas provengan de una personalidad como José Vicente, no deja de ser relevante. En momentos en los cuales la represión contra los opositores políticos signaba el drama nacional, nunca faltó a la cita. Comprobados sus servicios a la causa democrática. A la búsqueda de la convivencia. Al fomento del debate civilizado.

A través del diálogo se pueden resolver los conflictos de poder. Camino expedito –no hay otro– para prevenirlos y superarlos. El diálogo procura alcanzar la coexistencia entre los seres humanos, sin borrar las contradicciones políticas, sociales o culturales. El dialogante asume la riqueza de la diversidad. El reconocimiento a las diferencias es imprescindible para lograr la comprensión mutua. Dialogar es respetar al otro. Con lo cual se dignifica nuestra propia identidad. Dialogar es crecer como pueblo y como sociedad. La historia muestra el carácter fluido y plural de la construcción civilizatoria. Las influencias recíprocas potencian el desarrollo societario.

Miguel de Cervantes Saavedra dedica al Conde de Lémos –”como criado que soy de vuestra excelencia”– el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha. Corre en Madrid el último de octubre de 1615. El Quijote, ese deshacedor de agravios; enderezador de entuertos; amparo de doncellas y asombro de gigantes, exclama en momentos de comprometida refriega con un “bellaco” cabrero: “Hermano demonio (que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido el valor y la fuerza para sujetar las mías), ruégote que hagamos treguas no más de por una hora, porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros oídos llega, me parece que a alguna nueva aventura me llama”.

 

* Embajador venezolano ante la OEA