OPINION

Poetas del mundo Diplomático en Washington

Jorge Valero *



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La trascendencia es un espejismo que fascina. Para Gastón Bachelard en uno de sus fascinantes libros El Aire y los Sueños  “la palabra es una profecía”. Una fuerza que brota del alma y desencadena portentosas fantasías. La audacia humana consiste en recuperar la palabra y relanzarla, trascendiendo el tiempo y el espacio. Sus ambigüedades y su magia se expresan mediante un concepto de no fácil discernimiento llamado ensoñación. El poeta y filósofo francés nos habla de dos clases de poetas: los que copian la realidad, y los que animan las fuerzas creadoras de la imaginación. Sólo los primeros pueden considerarse tales. El poeta produce imágenes que rebasan la cotidianidad e, incluso, la propia historia. La explicación es escurridiza. Crear poesía sólo es posible en un estado sublime durante el cual se quebranta la ley de la gravedad. Crear poesía es soñar despiertos. Soñar es concebir un mundo plenipotenciario de amor.

Si fuéramos capaces de poblar de poesía a la humanidad, la vida humana estaría más cerca de las divinidades. La poesía va más allá del lenguaje, dotándole de sentido y valor supremo. Octavio Paz, en su clásica obra El Arco y la Lira,  alude a la calidad revolucionaria de la poesía definiéndola como “Operación capaz de cambiar el mundo”. Y es que el poeta transforma colores, piedras, metales, palabras. Su alquimia consiste en asir elementos de la naturaleza y proyectarlos al mundo de las significaciones. El lenguaje, en cuanto a materia prima, sirve para fabricar poemas. Podría decirse que ese lenguaje con el cual se topa el poeta “tiene surte”. Fortuna tiene el lenguaje que ha caído en manos del poeta. Gran poeta es aquel que trasciende los límites del lenguaje. Entre el poema y el lenguaje se establece una relación de complicidad. La distancia entre el lenguaje y la poesía es intangible. La misma que existe entre el desplazamiento por el espacio natural y la levitación. El vate y caro amigo Lubio Cardozo, en la estupenda presentación del libro Obra Poética del coterráneo José Barroeta, señala que en la poesía “el lenguaje se despoja de las armaduras y la razón”.

“Poetas del Mundo Diplomático en Washington”, fue el concurso convocado por la Misión Diplomática de Venezuela ante la OEA, al influjo de la poética del gran bardo Vicente Gerbasi, para quien: “La poesía es una ecuación estética con una gran carga vivencial”. Y cuando reflexionábamos sobre la organización de este evento, imaginamos que una buena manera de promoverlo podría rezar así: “Se busca poetas dispuestos a compartir sueños. Para que su poesía brille en un jueves de terciopelo”.Experiencia singular que congregara, el 10 de agosto del 2002, voces esplendorosas de la poética contemporánea. Maravillosos momentos que compartiéramos con Ramón Palomares y Jorge Valdés Díaz-Vélez, premios nacionales de poesía en Venezuela y México, respectivamente, y el Embajador Luigi Einaudi, Secretario General Adjunto de la OEA, quienes integraron el jurado. Entre los asistentes se encontraban embajadores de distintos países, agregados culturales y representantes de universidades e instituciones representativas de la vida cultural de la capital de Estados Unidos.

La voz pausada y profunda del trujillano Palomares se instaló en nuestros espíritus durante el recital de clausura: “Aquí llega el noche/ el que tiene las estrellas en las uñas/ con caminar furioso y perros entre las piernas/ alzando los brazos como relámpago/ abriendo los cedros/ echando las ramas sobre sí/ muy lejos/ Entra como si fuera un hombre a caballo/ y pasa por el zaguán/ sacudiéndose la tormenta…”/. Valdés leyó su poema Canción de Febrero: “Leve y triste la tarde se retira/ contigo hacia el crepúsculo y las horas/ empieza a doler en los distantes/ repliegues de la sábana…”/. Einaudi, a su vez, evocó textos de sus amigos, el peruano Sebastián Salazar Bondy  y el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra.

*Embajador de Venezuela ante la OEA