La
trascendencia es un espejismo que fascina. Para Gastón Bachelard en uno
de sus fascinantes libros El Aire
y los Sueños “la
palabra es una profecía”. Una fuerza que brota del alma y desencadena
portentosas fantasías. La audacia humana consiste en recuperar la
palabra y relanzarla, trascendiendo el tiempo y el espacio. Sus ambigüedades
y su magia se expresan mediante un concepto de no fácil discernimiento
llamado ensoñación. El poeta y filósofo francés nos habla de dos
clases de poetas: los que copian la realidad, y los que animan las
fuerzas creadoras de la imaginación. Sólo los primeros pueden
considerarse tales. El poeta produce imágenes que rebasan la
cotidianidad e, incluso, la propia historia. La explicación es
escurridiza. Crear poesía sólo es posible en un estado sublime durante
el cual se quebranta la ley de la gravedad. Crear poesía es soñar
despiertos. Soñar es concebir un mundo plenipotenciario de amor.
Si fuéramos
capaces de poblar de poesía a la humanidad, la vida humana estaría más
cerca de las divinidades. La poesía va más allá del lenguaje, dotándole
de sentido y valor supremo. Octavio Paz, en su clásica obra El Arco y la Lira, alude
a la calidad revolucionaria de la poesía definiéndola como “Operación
capaz de cambiar el mundo”. Y es que el poeta transforma colores,
piedras, metales, palabras. Su alquimia consiste en asir elementos de la
naturaleza y proyectarlos al mundo de las significaciones. El lenguaje,
en cuanto a materia prima, sirve para fabricar poemas. Podría decirse
que ese lenguaje con el cual se topa el poeta “tiene surte”. Fortuna
tiene el lenguaje que ha caído en manos del poeta. Gran poeta es aquel
que trasciende los límites del lenguaje. Entre el poema y el lenguaje
se establece una relación de complicidad. La distancia entre el
lenguaje y la poesía es intangible. La misma que existe entre el
desplazamiento por el espacio natural y la levitación. El vate y caro
amigo Lubio Cardozo, en la estupenda presentación del libro Obra Poética del coterráneo José Barroeta, señala que en la poesía
“el lenguaje se despoja de las armaduras y la razón”.
“Poetas
del Mundo Diplomático en Washington”, fue el concurso convocado por
la Misión Diplomática de Venezuela ante la OEA, al influjo de la poética
del gran bardo Vicente Gerbasi, para quien: “La poesía es una ecuación
estética con una gran carga vivencial”. Y cuando reflexionábamos
sobre la organización de este evento, imaginamos que una buena manera
de promoverlo podría rezar así: “Se busca poetas dispuestos a
compartir sueños. Para que su poesía brille en un jueves de
terciopelo”.Experiencia singular que congregara, el 10 de agosto del
2002, voces esplendorosas de la poética contemporánea. Maravillosos
momentos que compartiéramos con Ramón Palomares y Jorge Valdés Díaz-Vélez,
premios nacionales de poesía en Venezuela y México, respectivamente, y
el Embajador Luigi Einaudi, Secretario General Adjunto de la OEA,
quienes integraron el jurado. Entre los asistentes se encontraban
embajadores de distintos países, agregados culturales y representantes
de universidades e instituciones representativas de la vida cultural de
la capital de Estados Unidos.
La
voz pausada y profunda del trujillano Palomares se instaló en nuestros
espíritus durante el recital de clausura: “Aquí llega el noche/ el
que tiene las estrellas en las uñas/ con caminar furioso y perros entre
las piernas/ alzando los brazos como relámpago/ abriendo los cedros/
echando las ramas sobre sí/ muy lejos/ Entra como si fuera un hombre a
caballo/ y pasa por el zaguán/ sacudiéndose la tormenta…”/. Valdés
leyó su poema Canción de Febrero: “Leve y triste la tarde se retira/
contigo hacia el crepúsculo y las horas/ empieza a doler en los
distantes/ repliegues de la sábana…”/. Einaudi, a su vez, evocó
textos de sus amigos, el peruano Sebastián Salazar Bondy
y el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra.
*Embajador
de Venezuela ante la OEA