OPINION

Democracia y Pobreza

Jorge Valero*

 

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La Revolución Francesa legó a la humanidad tres hermosos principios: libertad, igualdad y fraternidad. La sociedad basada en el mercado, destaca la libertad, pero ignora –o da poca importancia– a la igualdad y a la fraternidad.

Francis Fujiyama tuvo una ilusión sociológica. Pensó que esa sociedad constituiría la respuesta absoluta del hombre frente a su futuro. Con ella se habría alcanzado el último estadio de la humanidad. No existiría otra opción.

Los movimientos contra la globalización, son la mejor evidencia de que frente al capitalismo salvaje, y su expresión ideológica, el neoliberalismo, sí hay alternativa.

La historia es caprichosa. Quién se hubiera imaginado que tales movimientos surgirían en el seno de los países que han alcanzado mayores niveles de igualdad y fraternidad.

Hay quienes fomentan unos valores –más bien antivalores– según los cuales el mundo pertenece a los más aptos. En muchos sentidos postulan la ley de la selva.

El neoliberalismo defiende una libertad sin ética. Libertad desmejorada o, lo que es lo mismo, sin humanidad. Ha convertido al mercado en un objeto sagrado. Sacrifica la igualdad y la fraternidad buscando supuestamente la libertad.

El sistema político más próximo a la esencia humanística del hombre, es el democrático. Tiene en nuestro hemisferio dimensiones político–jurídicas que abarcan principios como el pluralismo político–cultural, libertad de expresión y de pensamiento, elecciones justas y alternabilidad política y otros, sin cuya observancia no puede haber democracia. Las económico–sociales, en cambio, se refieren a la satisfacción de necesidades de sobrevivencia: alimentación, salud y educación.

La democracia, para que sea auténtica, debe garantizar no sólo los derechos civiles y políticos, sino también, los económicos y sociales. En el ámbito hemisférico, sin embargo, se subraya la importancia de los primeros, mientras que a los segundos se les concede, en la realidad, menor relevancia.

La democracia y la pobreza son incompatibles. La democracia debe cumplir una función social basada en la justicia distributiva. La pobreza, a su vez, constituye una perversión que lesiona los principios más sublimes de la persona.

Los derechos humanos son la esencia de la democracia. La confluencia del hambre, la indigencia, la marginalidad, el desempleo y otras aberraciones de la realidad económico–social, dan lugar a la pobreza. Donde se padezcan estas calamidades la democracia está obviamente en tela de juicio.

La democracia y la pobreza son temas que ahora se discuten en la OEA. En el documento titulado Aportes de Venezuela a la Carta Democrática, se propone conferirle a la lucha contra la pobreza la más alta prioridad. El presidente Hugo Chávez afirmó en la reciente Cumbre Social, convocada por el Parlamento Latinoamericano, que no ha existido voluntad política para enfrentarla.

Las desigualdades sociales y económicas desestabilizan la democracia y erosionan su legitimidad. La pobreza estimula la violencia. Impide que muchos niños vayan a la escuela y es la responsable de que muchos jóvenes se vean empujados hacia la delincuencia.

La lucha contra la pobreza continúa siendo el más grande desafío de los gobiernos democráticos del hemisferio, ya que retrasa el progreso social, económico y frustra la esperanza, especialmente entre los jóvenes. Los niños, empero, son los más vulnerables. Unicef lo ha subrayado: “En América Latina la mayoría de los pobres son niños y la mayoría de los niños son pobres”.

Democracia sin justicia social y económica no es democracia. Democracia y pobreza son antípodas. Cuán lejos estamos de alcanzar aquel ideario de libertad, fraternidad e igualdad que nos legara el humanismo del siglo XVIII, en cuyas fuentes bebieron nuestros libertadores. Estamos muy lejos, ciertamente. El poeta Antonio Gala, en Poemas de Amor, dice: “... pedir lo imposible/ no es pedir demasiado”.

* Embajador de Venezuela ante la OEA