OPINION Diálogo de CivilizacionesJorge Valero* |
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La humanidad encara momentos cruciales que demandan respuestas sabias, en las cuales el hombre se juega su racionalidad. El 11 de septiembre es un día emblemático que plantea retos de dimensiones planetarias. El terrorismo no tiene fronteras. No respeta nacionalidades. Ni credos. Ni etnias. Ni culturas. Ni religiones. Se ha vulnerado como nunca el derecho a la vida. Ese enemigo difuso se esconde tras la miseria de lo oculto. Tras los intersticios de especulaciones perversas de la imaginación. Las escenas de muerte que hemos visto y sufrido en estos días nos conmueven, porque a decir del historiador costarricense Rodrigo Quezada Monje: Ciertamente no hay homicidio que no sea suicidio y no hay muerte que no nos mate. Ningún ser humano puede escapar al dolor que produce la muerte masiva de inocentes. José Saramago describe en su Ensayo sobre la ceguera, cómo muchas personas, sin estar ciegas, no ven la realidad de bajezas, podredumbres e inmundicias que construyen. Quien elimina sin referentes éticos la vida, viola de manera absoluta los mandamientos sagrados de toda religión. Hoy más que nunca tenemos derecho a soñar con un mundo en paz, porque todo buen soñador es un ser muy realista. Nunca se ha soñado más que en estos tiempos en los cuales ha estado prohibido soñar. La tolerancia debe ser el signo de los tiempos. El terrorismo es la expresión más acabada de la intolerancia. El terrorista ejerce la irracionalidad, el tolerante fomenta el diálogo. No está planteado hoy un choque de civilizaciones, como lo pronostica Huntington, sino un diálogo entre ellas. La peor consecuencia que pudiera extraerse es que se expandieran las fronteras de la intolerancia. Que, por la indeseable vía de un perverso reduccionismo, se asociara el terrorismo con lo árabe; el terrorismo con lo musulmán; el terrorismo con el Islam. El crimen cometido por unos pocos, no puede ser endosado a sublimes expresiones culturales y religiosas que están representadas, según la revista Time, por 1.164 millones de seres humanos que pueblan el planeta Tierra. El papa Juan Pablo II pronunció una extraordinaria homilía, horas después de conocerse el festival de la barbarie, como calificara los salvajes hechos ocurridos, la revista francesa Le Monde, donde hizo un llamado a los gobernantes de los países más poderosos del mundo, en los términos que siguen: Pidamos al Señor que no prevalezca la espiral del odio y de la violencia. Hay que determinar con precisión quiénes son los responsables para que se les imponga el peso de la ley. La respuesta a tan repudiables hechos debe ser, además de contundente, administrada con alta dosis de justicia y racionalidad. Justicia y venganza son respuestas éticamente incompatibles. El gobernante magnánimo nunca clausura la opción a favor de la paz. Sería lamentable que lo ocurrido pudiera alimentar la xenofobia. La guerra no es del Norte contra el Sur, ni de cristianos contra islámicos. En los principios del islamismo se preconiza la paz como valor universal. La traducción de la palabra Islam es paz. Un comunicado de la Conferencia Islámica proclama: El Islam valora la vida humana y considera al asesino de inocentes como un criminal contra la humanidad. El terrorismo contradice la esencia del islamismo y despoja la esperanza de sus fundamentos. Lo que está planteado hoy es el diálogo de civilizaciones, el encuentro de ellas con base en el humanismo para enfrentar la violencia en todas sus formas. El canciller Luis Alfonso Dávila puntualizó en las reuniones de la OEA y del TIAR, recientemente celebradas en Washington, que el apoyo de nuestro país a las resoluciones aprobadas, no debe interpretarse como un endoso para que se ejecuten acciones que se aparten de los principios fundamentales que rigen el Derecho Internacional. He aquí, parámetros éticos y políticos para una acción compartida, solidaria y multilateral frente al terrorismo. * Embajador de Venezuela ante la OEA |