|
Palabras
del Embajador Jorge Valero,
|
|
|
GOBERNABILIDAD
DEMOCRÁTICA EN LAS AMÉRICAS El
concepto Gobernabilidad ha sido adoptado –muchas veces mecánicamente en
nuestro continente- con la
pretensión de aplicarlo a nuestra realidad. Concepto generado en los países
altamente industrializados, en la década del setenta del siglo pasado, que
tenía como objetivo establecer los mecanismos que permitieran restituirle
al Welfare State su funcionabilidad. La
insatisfacción de las cada vez mayores necesidades hipervivenciales que se
generan en estas sociedades de consumo produjo disfunciones en la
Gobernabilidad. Concepto inicialmente contrapuesto al de democracia. Se pensó,
entonces, que la crisis de este sistema se debía a un
“exceso de democracia”. El
concepto de Gobernabilidad debe ser reformulado a la luz de las realidades y
expectativas de cada uno de nuestros países. No hay un modelo único de
Gobernabilidad Democrática en las Américas. La Teoría de la
Gobernabilidad Democrática debe superar definiciones vetustas e impropias
sobre la funcionabilidad de las instituciones del Estado. Gobernabilidad
y Democracia no son sinónimas. La Gobernabilidad debe estar en función de
la Democracia. Y ésta no es sólo un sistema político, sino una cultura. El
desarrollo ya no es sólo desarrollo económico. Es el desarrollo del hombre
y la sociedad de manera integral. Ha
fracasado el consenso de Washington, inspirado en el neoliberalismo, y es
necesario construir uno nuevo basado en la equidad y la justicia social. No
podemos eludir un compromiso ético si tenemos presente que las razones que
explican el crecimiento de la pobreza y, por ende, del hambre, se encuentra
en la vigencia de un modelo que se le ha impuesto a nuestros países, que
justifica y sacraliza la concentración de la riqueza en pocas manos. Queremos
una Gobernabilidad Democrática asociada a un proceso de cambios profundos,
en función de implantar un nuevo
modelo humanístico, fundamentado en la justicia social y la democratización
económica. Lo
que hoy demandan nuestros pueblos no es el tránsito de una democracia con
ostensibles déficit de justicia, equidad e inclusión social,
a un régimen de
naturaleza autoritaria o dictatorial. La
democracia que hoy tenemos debe ser desarrollada y perfeccionada.
Está planteado el tránsito de un sistema democrático excluyente,
sin verdadera participación, a un sistema democrático de carácter
participativo y de hondo contenido social. Circula
frondosamente una concepción antidemocrática y reduccionista de la
democracia, que dá preeminencia a lo jurídico-político, pero subestima la
dimensión social y cultural. En
Venezuela nos proponemos avanzar de una democracia con limitaciones,
meramente representativa, a una democracia más plena, participativa; porque,
como se afirma en la Carta Democrática Interamericana: “... el carácter
participativo de la democracia en nuestros países en los diferentes ámbitos
de la actividad pública contribuye a la consolidación de los valores
democráticos y a la libertad y la solidaridad en el Hemisferio”. No
debemos descartar que en nuestro continente se restauren regímenes
autoritarios u oprobiosas dictaduras. Se restauren formas, incluso fascistas,
de gobernabilidad. Y todo intento por construir una sociedad más justa y
solidaria encontrará inocultables resistencias. En
Venezuela hemos tenido que sortear enormes
obstáculos para el ejercicio de la Gobernabilidad Democrática. El golpe de
Estado ocurrido el 11 y 12 de abril del 2002, la sucesiva convocatoria a
huelgas ilegales durante los años 2002-2003, el criminal sabotaje a la
industria petrolera, son algunos de los desafíos que hemos superado
exitosamente. La
cultura democrática se ha instalado fuertemente en la conciencia
mayoritaria de la población venezolana. Gracias a ella, el Presidente Chávez
y la constitucionalidad democrática fueron restituidas el 13 de abril de
2002. Los
sectores antinacionales que defienden obstinadamente groseros e irracionales
privilegios, han recurrido a todo tipo de acciones antidemocráticas,
condenadas por la OEA, para interrumpir el proceso de transformaciones
democráticas, pacíficas y constitucionales, que adelanta el gobierno de
Hugo Chávez Frías. El potencial destructivo de esos sectores aún pende
sobre la democracia. En
Venezuela practicamos una Gobernabilidad Democrática donde la oposición
cuenta con todos los derechos, con plena
libertad de expresión, organización, manifestación, como no ha existido
nunca en nuestro país. Se ensanchan las fronteras de la libertad y los
derechos fundamentales se ejercen cotidianamente. No hay un solo preso político,
medio de comunicación censurado. Corrijo,
el único medio cerrado fue el Canal del Estado, Venezolana de Televisión,
durante las horas en que los golpistas asaltaron el poder. Las horrorosas
figuras de los torturados y desaparecidos son cosa del pasado. La
gobernabilidad democrática en Venezuela tiene un carácter participativo.
Comprometemos nuestras vidas en procura de una gobernabilidad democrática,
fundada en la justicia, la equidad, la igualdad y la defensa de la soberanía
nacional. Fomentemos
una cultura democrática que llame la atención sobre el riesgo que existe
de que se restauren nuevas formas de opresión política y más aberrantes
manifestaciones de exclusión social en nuestro continente. Para
alcanzar una verdadera Gobernabilidad Democrática hay que abrir y ensanchar
los espacios de la participación.
Hay que inundar la democracia de contenido social.
Mientras existan vastos sectores de excluidos nugatorios de ciudadanía,
la gobernabilidad democrática corre serios peligros. Tenemos
democracias erosionadas en su legitimidad por el desaliento que causan sus
falencias, para atender las principales demandas populares. La
gobernabilidad democrática debe ser ejercida en un marco de justicia,
equidad e inclusión social. Las
legítimas protestas populares que hoy recorren nuestro continente son
auspiciosas. Se podrían activar, y de hecho se han activado contra ellas,
la represión y la violencia. Las clásicas respuestas autoritarias.
Esas demandas populares deben ser asumidas y respaldadas para que la
gobernabilidad democrática tenga un verdadero sentido. Aquí calzan los
versos del gran poeta Vicente Huidobro: “Escucha la protesta
interminable/de esa angustia/llamada hombre”. Antes
que la búsqueda de un quimérico equilibrio diseñado por tecnócratas
contaminados por las recetas del neoliberalismo, lo planteado es el cambio
estructural en nuestras sociedades. El reto de hoy
es fraguar una modernidad pensada, diseñada y construida desde
nuestros propios países, en forma soberana. Por eso hemos hablado de una
gobernabilidad democrática de raíz latinoamericana y caribeña, preñada
del ideario del más grande hombre de las Américas: Simón Bolívar. El
concepto de Gobernabilidad fue introducido en nuestros países junto al
proceso de Reforma del Estado, en los años ochenta. El lenguaje sobre la
gobernabilidad, nacido en centros académicos de los países desarrollados,
es empleado frecuentemente como credo sagrado. Hay que desacralizar ese
lenguaje, inventar uno propio acorde con nuestras raíces históricas y
culturales. No
pocos hemos señalado aquí las limitaciones de la
Democracia Representativa. Y es que la democracia no debe ser
concebida como un simple modo de hacer política y vivir de ella. La
democracia es una forma de vida. Una fase superior de la organización
humana. Y la democracia participativa es un estadio superior de la
democracia. Los
postulados del “Consenso de Washington” se han convertido en la cartilla
que ha guiado las políticas en nuestros países. La adopción acrítica del
concepto de Gobernabilidad sirvió para detener la discusión que, sobre la
democracia, se había iniciado en el continente. La
Gobernabilidad Democrática es un proceso de naturaleza problemática. No
refiere únicamente al funcionamiento sincronizado de los poderes del Estado.
Esto, desde luego, es necesario. Pero no es suficiente. Una
visión reduccionista define la Gobernabilidad Democrática como un proceso
que tiene implicaciones básicamente administrativas, que se ocupa “del
buen gobierno”, en lo atinente a reformas del aparato jurídico del Estado,
en particular, del poder judicial. La transparencia y el buen funcionamiento
del Estado, son necesarios. Pero estas cualidades se anulan cuando el Estado
no atiende las demandas sociales y las instituciones son colocadas al
servicio exclusivo de sectores minoritarios de la sociedad. El
proceso de Reforma Administrativa del Estado, acogida con alborozo por la
mayor parte de los gobiernos de nuestros países, a partir de los años
ochenta de la centuria pasada, no
tenía otro objetivo que no fuera restituirle al sistema su “normal
funcionamiento”. Este objetivo, sin embargo, no fue alcanzado. El
fracaso de esa reforma puso en evidencia, una vez más, que están en crisis
no sólo las instituciones del Estado, sino el sistema como un todo.
Insensato sería negar la importancia que tiene aumentar la eficiencia
operativa del capital social. Es necesario mejorar la funcionabilidad a las
instituciones del Estado. Objetivo fundamental en el proceso de cambio. La
Gobernabilidad Democrática es un proceso de construcción,
administración y desarrollo de las distintas esferas, estructuras e
instituciones, públicas y privadas, de la sociedad. Proceso heterogéneo,
complejo y contradictorio. No exento de tensiones. Características que le
confieren su dinamismo creador. Los
excluidos tienen derecho a luchar por su inclusión. Los pobres a lograr
mejores niveles de vida. El pueblo tiene derecho a alcanzar su felicidad. La
verdadera Gobernabilidad Democrática necesita de la justicia social. Como
ha reafirmado el Presidente Chávez: “sólo dándole poder a los pobres
podrán nuestros pueblos superar la pobreza”. Necesitamos
construir una auténtica Gobernabilidad Democrática. La libertad, la
igualdad y los derechos humanos deben dejar de ser simples postulados para
convertirse en realidades tangibles en todos y cada uno de los países de América.
|