Palabras del Embajador Jorge Valero, Representante Permanente de Venezuela ante la OEA XXXIII Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea General de la OEA
Santiago de Chile, 10 de junio de 2003

 


 

GOBERNABILIDAD DEMOCRÁTICA EN LAS AMÉRICAS

 

El concepto Gobernabilidad ha sido adoptado –muchas veces mecánicamente en nuestro continente-  con la pretensión de aplicarlo a nuestra realidad. Concepto generado en los países altamente industrializados, en la década del setenta del siglo pasado, que tenía como objetivo establecer los mecanismos que permitieran restituirle al Welfare State su funcionabilidad.

La insatisfacción de las cada vez mayores necesidades hipervivenciales que se generan en estas sociedades de consumo produjo disfunciones en la Gobernabilidad. Concepto inicialmente contrapuesto al de democracia. Se pensó, entonces, que la crisis de este sistema se debía a un  “exceso de democracia”.

El concepto de Gobernabilidad debe ser reformulado a la luz de las realidades y expectativas de cada uno de nuestros países. No hay un modelo único de Gobernabilidad Democrática en las Américas. La Teoría de la Gobernabilidad Democrática debe superar definiciones vetustas e impropias sobre la funcionabilidad de las instituciones del Estado.

Gobernabilidad y Democracia no son sinónimas. La Gobernabilidad debe estar en función de la Democracia. Y ésta no es sólo un sistema político, sino una cultura.

El desarrollo ya no es sólo desarrollo económico. Es el desarrollo del hombre y la sociedad de manera integral.

Ha fracasado el consenso de Washington, inspirado en el neoliberalismo, y es necesario construir uno nuevo basado en la equidad y la justicia social.

No podemos eludir un compromiso ético si tenemos presente que las razones que explican el crecimiento de la pobreza y, por ende, del hambre, se encuentra en la vigencia de un modelo que se le ha impuesto a nuestros países, que justifica y sacraliza la concentración de la riqueza en pocas manos.

Queremos una Gobernabilidad Democrática asociada a un proceso de cambios profundos, en función de implantar un  nuevo modelo humanístico, fundamentado en la justicia social y la democratización económica.

Lo que hoy demandan nuestros pueblos no es el tránsito de una democracia con ostensibles déficit de justicia, equidad e inclusión social,  a  un régimen de naturaleza autoritaria o dictatorial.

La democracia que hoy tenemos debe ser desarrollada y perfeccionada.  Está planteado el tránsito de un sistema democrático excluyente, sin verdadera participación, a un sistema democrático de carácter participativo y de hondo contenido social.

Circula frondosamente una concepción antidemocrática y reduccionista de la democracia, que dá preeminencia a lo jurídico-político, pero subestima la dimensión social y cultural.

En Venezuela nos proponemos avanzar de una democracia con limitaciones, meramente representativa, a una democracia más plena, participativa; porque, como se afirma en la Carta Democrática Interamericana: “... el carácter participativo de la democracia en nuestros países en los diferentes ámbitos de la actividad pública contribuye a la consolidación de los valores democráticos y a la libertad y la solidaridad en el Hemisferio”.

No debemos descartar que en nuestro continente se restauren regímenes autoritarios u oprobiosas dictaduras. Se restauren formas, incluso fascistas, de gobernabilidad. Y todo intento por construir una sociedad más justa y solidaria encontrará inocultables resistencias.

En Venezuela hemos tenido que sortear  enormes obstáculos para el ejercicio de la Gobernabilidad Democrática. El golpe de Estado ocurrido el 11 y 12 de abril del 2002, la sucesiva convocatoria a huelgas ilegales durante los años 2002-2003, el criminal sabotaje a la industria petrolera, son algunos de los desafíos que hemos superado exitosamente.

La cultura democrática se ha instalado fuertemente en la conciencia mayoritaria de la población venezolana. Gracias a ella, el Presidente Chávez y la constitucionalidad democrática fueron restituidas el 13 de abril de 2002.

Los sectores antinacionales que defienden obstinadamente groseros e irracionales privilegios, han recurrido a todo tipo de acciones antidemocráticas, condenadas por la OEA, para interrumpir el proceso de transformaciones democráticas, pacíficas y constitucionales, que adelanta el gobierno de Hugo Chávez Frías. El potencial destructivo de esos sectores aún pende sobre la democracia.

En Venezuela practicamos una Gobernabilidad Democrática donde la oposición cuenta con todos los derechos, con  plena libertad de expresión, organización, manifestación, como no ha existido nunca en nuestro país. Se ensanchan las fronteras de la libertad y los derechos fundamentales se ejercen cotidianamente. No hay un solo preso político, medio de comunicación censurado.  Corrijo, el único medio cerrado fue el Canal del Estado, Venezolana de Televisión, durante las horas en que los golpistas asaltaron el poder. Las horrorosas figuras de los torturados y desaparecidos son cosa del pasado.

La gobernabilidad democrática en Venezuela tiene un carácter participativo. Comprometemos nuestras vidas en procura de una gobernabilidad democrática, fundada en la justicia, la equidad, la igualdad y la defensa de la soberanía nacional.

Fomentemos una cultura democrática que llame la atención sobre el riesgo que existe de que se restauren nuevas formas de opresión política y más aberrantes manifestaciones de exclusión social en nuestro continente.

Para alcanzar una verdadera Gobernabilidad Democrática hay que abrir y ensanchar los espacios de la  participación. Hay que inundar la democracia de contenido social.  Mientras existan vastos sectores de excluidos nugatorios de ciudadanía, la gobernabilidad democrática corre serios peligros.

Tenemos democracias erosionadas en su legitimidad por el desaliento que causan sus falencias, para atender las principales demandas populares. La gobernabilidad democrática debe ser ejercida en un marco de justicia, equidad e inclusión social.

Las legítimas protestas populares que hoy recorren nuestro continente son auspiciosas. Se podrían activar, y de hecho se han activado contra ellas, la represión y la violencia. Las clásicas respuestas autoritarias.  Esas demandas populares deben ser asumidas y respaldadas para que la gobernabilidad democrática tenga un verdadero sentido. Aquí calzan los versos del gran poeta Vicente Huidobro: “Escucha la protesta interminable/de esa angustia/llamada hombre”.

Antes que la búsqueda de un quimérico equilibrio diseñado por tecnócratas contaminados por las recetas del neoliberalismo, lo planteado es el cambio estructural en nuestras sociedades. El reto de hoy  es fraguar una modernidad pensada, diseñada y construida desde nuestros propios países, en forma soberana. Por eso hemos hablado de una gobernabilidad democrática de raíz latinoamericana y caribeña, preñada del ideario del más grande hombre de las Américas: Simón Bolívar.

El concepto de Gobernabilidad fue introducido en nuestros países junto al proceso de Reforma del Estado, en los años ochenta. El lenguaje sobre la gobernabilidad, nacido en centros académicos de los países desarrollados, es empleado frecuentemente como credo sagrado. Hay que desacralizar ese lenguaje, inventar uno propio acorde con nuestras raíces históricas y culturales.

No pocos hemos señalado aquí las limitaciones de la  Democracia Representativa. Y es que la democracia no debe ser concebida como un simple modo de hacer política y vivir de ella. La democracia es una forma de vida. Una fase superior de la organización humana. Y la democracia participativa es un estadio superior de la democracia.

Los postulados del “Consenso de Washington” se han convertido en la cartilla que ha guiado las políticas en nuestros países. La adopción acrítica del concepto de Gobernabilidad sirvió para detener la discusión que, sobre la democracia, se había iniciado en el continente.

La Gobernabilidad Democrática es un proceso de naturaleza problemática. No refiere únicamente al funcionamiento sincronizado de los poderes del Estado.  Esto, desde luego, es necesario. Pero no es suficiente.

Una visión reduccionista define la Gobernabilidad Democrática como un proceso que tiene implicaciones básicamente administrativas, que se ocupa “del buen gobierno”, en lo atinente a reformas del aparato jurídico del Estado, en particular, del poder judicial. La transparencia y el buen funcionamiento del Estado, son necesarios. Pero estas cualidades se anulan cuando el Estado no atiende las demandas sociales y las instituciones son colocadas al servicio exclusivo de sectores minoritarios de la sociedad.

El proceso de Reforma Administrativa del Estado, acogida con alborozo por la mayor parte de los gobiernos de nuestros países, a partir de los años ochenta de la centuria pasada,  no tenía otro objetivo que no fuera restituirle al sistema su “normal funcionamiento”. Este objetivo, sin embargo, no fue alcanzado.

El fracaso de esa reforma puso en evidencia, una vez más, que están en crisis no sólo las instituciones del Estado, sino el sistema como un todo. Insensato sería negar la importancia que tiene aumentar la eficiencia operativa del capital social. Es necesario mejorar la funcionabilidad a las instituciones del Estado. Objetivo fundamental en el proceso de cambio.

La Gobernabilidad Democrática es un proceso de construcción,  administración y desarrollo de las distintas esferas, estructuras e instituciones, públicas y privadas, de la sociedad. Proceso heterogéneo, complejo y contradictorio. No exento de tensiones. Características que le confieren su dinamismo creador.

Los excluidos tienen derecho a luchar por su inclusión. Los pobres a lograr mejores niveles de vida. El pueblo tiene derecho a alcanzar su felicidad. La verdadera Gobernabilidad Democrática necesita de la justicia social. Como ha reafirmado el Presidente Chávez: “sólo dándole poder a los pobres podrán nuestros pueblos superar la pobreza”.

Necesitamos construir una auténtica Gobernabilidad Democrática. La libertad, la igualdad y los derechos humanos deben dejar de ser simples postulados para convertirse en realidades tangibles en todos y cada uno de los países de América.